LA INOCENCIA DE LOS NIÑOS. El Laberinto del Fauno, escrita, dirigida y producida por Guillermo del Toro, es
una película ambientada en España, justo unos años después de concluir la guerra civil (1944) y dando todavía la II Guerra Mundial sus últimos coletazos.
Por tanto, una película envuelta en la crueldad de la guerra y con duras escenas a lo largo de su metraje marcadas por la violencia y en las que se pone de manifiesto la irracionalidad lógica de las acciones que se llevan a cabo en una guerra. Hablamos de linchamientos, torturas,
sufrimiento ante la pérdida de seres queridos, penurias por la escasez de alimentos y medicinas y demás calamidades que trae consigo cualquier guerra.
Sin embargo, en este panorama lleno de violencia cobra protagonismo la
inocencia de la protagonista, una niña de 13 años de nombre Ofelia, que cree en los cuentos de hadas y que se desvive por cuidar a su madre convaleciente, embarazada y apunto de dar a luz a un hermanito suyo, pero de padre distinto.
Ofelia se encuentra inmersa dentro de la propia irracionalidad de la guerra y su padrastro, por el que no siente cariño alguno, es precisamente el estereotipo de capitán violento y cruel que no duda en hacer sufrir a la gente si con ello alcanza su objetivo. Pero lo curioso es que el mundo lleno de fantasia y magia, en el que cree y descubre Ofelia —El Laberinto del Fauno— está lleno también de pruebas, de sufrimiento, de injusticias, de dolor y de muerte.
Como siempre, no desvelaré el final de la película pero sí que me permitiré decir que es una bonita película, cuya historia se cierra perfectamente siguiendo un patrón de guión círculo y que resulta entrañable entre tanta guerra. El hecho de que le hayan dado tres Oscar puede ser un aliciente para verla, pero sin ellos resultaría igualmente gratificamente verla. No obstante, y aunque parezca mentira, le falta un toque mágico a la película para convertirla en obra maestra.