La vida secreta de las palabras
Muchos fueron los que pensaron que nada sería igual después de
Auschwitz. Ilusiones
de filósofos. Todo sigue igual. El proceso que provocó el exterminio
de varios millones de personas está hoy más presente que nunca, puesto que el olvido
intencionado -no del hecho espectacular de Auschwitz sino de las consecuencias
morales para la Humanidad- impide que podamos reconocernos como víctimas y
verdugos a un mismo tiempo, lo que implica que la
barbarie se haya hecho
cotidiana.
La barbarie sigue presente en nuestras vidas porque se encuentra en la
misma base de nuestra forma de vida y su perpetuación es intrínseca a ésta. Y
esto es así, hasta tal punto, que parece que estuviésemos esterilizados frente
a sus terribles consecuencias. Ya no nos golpea esa realidad, porque parece que
hemos aprendido a convivir con ella. Se ha hecho tan cotidiana que deberíamos
pasarnos la vida golpeándonos el pecho y culpabilizándonos, pero estamos tan
preocupados en disfrutar de las últimas migajas de vida que nos restan, que no
podemos perder el tiempo en pedir perdón, en culpabilizarnos y, mucho menos, en
tratar de cambiar la realidad o cuanto menos resarcir a las víctimas. El olvido
es hoy una necesidad. Una necesidad para que el sistema siga su curso.
Contra ese olvido se alzan algunas voces. La de Isabel Coixet es una de
ellas. Y lo es, ante todo, por la sencillez de su propuesta; sencillez que nos
devuelve a una dimensión humana, algo que parecía ya olvidado. Su última
película, La vida secreta de las palabras,
quedará como una de las denuncias más sinceras de una de las peores guerras del
siglo pasado, la de Yugoslavia, y, más en general, de las atrocidades que se
cometen en todas las guerras y del olvido cómplice que las silencia.
Las representaciones cinematográficas de la barbarie del siglo XX -ya
se trate de Auschwitz, Vietnam o Yugoslavia- caen constantemente en el
simplismo de la recreación, quedándose en míseros intentos de plasmar lo
monstruoso en toda su crudeza por medio de la imagen. Pero el horror no se
puede
representar, no nos lo podemos representar y el intento de mostrarlo a
través de imágenes necesariamente falsas sólo contribuye a falsificarlo.
Ninguna Lista de Schlinder podrá
jamás recrear el horror de los campos de exterminio nazi. Por más que lo que se
represente sea horrible, jamás se acercará a lo auténticamente monstruoso que fue Auschwitz. El intento del cine de
mostrar la barbarie –sea Auschwitz o cualquier otra- en toda su crudeza no
conduce más que a “apartarla en una representación” que, como tal, supone una
falsificación. No se puede representar cinematográficamente, no se puede narrar
la barbarie moderna.
Coixet se aleja intencionalmente –tanto en el tiempo como en el
espacio- de la Yugoslavia en guerra, y es ese alejamiento, paradójicamente, el
que permite la mayor cercanía con la barbarie que supuso la guerra de
Yugoslavia. Lo que diferencia La vida
secreta de las palabras de otras películas que han tratado temas parecidos
es precisamente que no trata de representar el horror, porque sabe que es tarea
imposible. Es por ello por lo que huye de la imagen y se centra en algo tan
defenestrado en la actualidad como es la palabra.
Es la palabra, acompañada de silencios que gritan, la que consigue situarnos
cara a cara con la barbarie, con un fragmento de la barbarie concretado en una
persona, la protagonista, logrando una sutil intimidad que no habría logrado
con mil imágenes violentas.
La palabra se convierte en instrumento de la memoria, entendida como
reflexión sobre lo acontecido, para mostrarnos lo que ocurrió, lo que le ocurrió a la protagonista, un rostro
humano concreto con el que podemos identificarnos y experimentar ese dolor que
es el de todas las víctimas. Todo para que no olvidemos en que mundo vivimos.
Para que no olvidemos que en cualquier instante y lugar nos acechan los
demoniosde barbarie moderna. Esperemos que llegue un día en que películas como
ésta no tengan cabida en el mundo. Hasta que llegue ese día, seguiremos dando
gracias a gente como Isabel Coixet por obligarnos a enfrentarnos a la realidad,
a esa realidad a la que tememos enfrentarnos.