No sólo es el Zorro. Es el Zorro, la Zorra y el Zorrito. Esta vez el famoso enmascarado combate en
familia contra un villano
que amenaza con destruirlo todo. Para que el asunto sea entretenido, se apela a un caballo que se emborracha, a un niño temerario que todo lo puede (Adrián Alonso) y a una madre que despliega generosamente su belleza (Catherine Zeta Jones). Y el esfuerzo de Antonio Banderas, claro, que se gana el dinero como puede cargando con el papel protagónico, aunque de todas formas resulta creíble, como un Zorro especialmente dotado para la lucha pero un poco torpe para manejar su propia vida. Durante un par de horas se acumula una serie de lugares comunes de películas de acción clase B, ejecutadas con prolijidad y sin ánimo de ofender a nadie. Está realizada con eficacia, casi de memoria, por artesanos que conocen el oficio, aunque es un poco más larga de lo recomendable. Una buena media hora se le podría quitar sin daño alguno. Se pasa el rato, hay que decirlo, mientras la
familia Zorro resuelve sus problemas internos y desface los entuertos externos. El director neozelandés Martin Campbell se comporta como un digno empleado de la industria, manteniendo el pulso durante la mayor parte de la película. Se nota, sin embargo, su
ausencia de compromiso con cualquier cosa que se parezca a un contenido. Se extraña la ausencia de Anthony Hopkins, el Zorro original de La máscara del Zorro , la película de hace siete años que engendró esta versión. Era un toque de distinción que esta secuela no tiene. La película es barata (de valor, no de costo) e inocua, salvo por el precio de la entrada. Una cinta de matiné, como aquellas de piratas sonrientes y victoriosos. Modesta, inocente, un poco insípida. Una tontería como cualquier otra.