La Caída
Basada en el libro Der Untergang (La Caída) del historiador alemán Joachim Fest y en las memorias
de Traudl Junge, secretaria privada de Adolf Hitler, este film estremecedor del realizador Oliver Hirschbiegel relata los últimos días en la vida del terrible dictador germano y de su entorno en el famoso bunker berlinés. Protagonizada por el actor suizo-alemán Bruno Ganz en el papel de Hitler, esta película tiene el indiscutible mérito, entre muchos otros, de mostrarnos la visión que los propios alemanes tienen de la tragedia que representó para la humanidad (y para los propios alemanes) el cisma de la Segunda Guerra Mundial. Hasta ahora, la mayoría de las versiones cinematográficas y representaciones teatrales que conocemos sobre la personalidad y trayectoria existencial del más sanguinario de los dictadores del siglo XX provienen de los países
vencedores como E.E.U.U y el Reino Unido.
Sospecho que la reticencia de los cineastas alemanes en abordar este episodio oscuro de su
historia se explica, en parte, por el voto de silencio que, durante décadas y en relación a este tema, se impusieran los hijos de Goethe. Voto de silencio que, demás está decir, se deriva del sentimiento de culpa y de vergüenza de haber sido los artífices y perpetradores del holocausto. Al respecto, George Steiner ha sostenido que “ante los extremos de lo atroz, parece imponerse el silencio”. En este contexto, Hirschbiegel rompe, ¡y de qué manera! con esta tradición de autocensura con una película de alta factura, realista y convincente que, de manera extraordinaria, arroja luces sobre el estado de descomposición material y moral de la Alemania Nazi en sus días finales.
La Caída no es sólo un largometraje sobre los días que precedieron a la derrota del Tercer Reich. Es, sobre todo, un viaje en el tiempo en el que, quizá por primera vez, los vencedores de la conflagración mundial se transmutan, de pronto, en los vencidos. El film de Hirschbiegel se propone, creo que con fortuna, ponernos en el lugar de los otros, de sentir y vivir lo que sintieron y vivieron los otros. Durante años, hemos visto a los alemanes como victimarios, como los únicos responsables de la peor catástrofe de la historia de la humanidad. Ha llegado la hora de que comencemos a aceptar que también fueron víctimas. Víctimas no sólo de la infinita sed de venganza del ejército rojo o de las bombas aliadas, sino sobre todo de su estulticia y de su incapacidad de reaccionar ante la barbarie del nacionalsocialismo. Al final, comprendemos que no hay vencedores ni vencidos: que todos, sin excepción, perdimos la guerra.
Algunos se han quejado de que la película humaniza, si cabe la palabra, a un ser tan despreciable y abominable como Adolf Hitler. Nada más falso. El Fhürer que nos dibuja Bruno Ganz con su impecable y magistral actuación es un hombrecillo desquiciado, furibundo y prematuramente envejecido que ha perdido por completo su conexión con la realidad. Lo más lamentable, sin embargo, es que el alto mando, que sabía que era imposible ganar la guerra, no hizo absolutamente nada para poner coto a sus impulsos autodestructivos. ¿Cómo fue posible que un pueblo tan culto como el alemán siguiera ciegamente a un pobre diablo como Hitler en su aventura guerrerista? Quizá nunca sabremos la respuesta.
Es probable que el film de Hirschbiegel haya significado para los millones de ciudadanos alemanes que tuvieron la oportunidad de verla un reencuentro con un episodio traumático de su historia. Para los habitantes de un país como la Venezuela del siglo XXI que, por desgracia, se encuentra a las puestas de una dictadura disfrazada con los falsos ropajes de la democracia participativa y protagónica, es una advertencia de lo que le ocurre a las naciones que abandonan el camino del dialogo y de la convivencia pacífica para abandonarse en los brazos de un líder mesiánico e inescrupuloso.
Luis Miguel Rebolledo
lumiguer@gmail.com