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Síntesis y críticas breves

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Recuerdos medievales del Bajo Aragón

por : Laclaire    

Autor : Luis Buñuel
“Recuerdos medievales del Bajo Aragón”, de Luis Buñuel (1976)
El magistral cineasta Luis Buñuel nos regala una mirada
a la España de su tiempo, a través de sus impresiones y recuerdos de juventud. El  primer viaje, a través del verdor del país vasco, dejará una honda y duradera impresión en él. Su tierra, el Bajo Aragón, aunque fértil, es árida.
En la época en que escribe, -hacia 1913, en su adolescencia- afirma que “puede decirse que vivíamos en plena Edad Media”, la sociedad de Calanda, por entonces de menos de cinco mil habitantes, estaba marcada por el aislamiento, el inmovilismo y la diferencia de clases . La única comunicación diaria con el mundo se hacía en diligencia, tirada por mulas. El primer automóvil llega al pueblo en 1919, y su propietario, Don Luis, juega un importante papel cuando la plaga de la filoxera llega al Bajo Aragón. Los campesinos se negaban a arrancar sus cepas y sustituirlas por otras resistentes. Don Luis arrancó todas sus vides, y, amenazado de muerte, se paseaba con un rifle por la viña, hasta que la tozudez colectiva se rindió a la evidencia y el cambio fue aceptado.
El autor recuerda las espléndidas cosechas de aceitunas en los años en que no tenían sequía, la “Jota Olivarera” que cantaban los campesinos a dos voces, de la que dice que és “dulce, melodiosa, delicada”.Otro es el llamado “canto de la aurora”, cantado por los mozos antes del amanecer para despertar a los segadores. Durante todo el año un par de serenos, con farolillo y chuzo, velaban el sueño del pueblo.
Los viernes por la mañana se sentaban frente a su casa una docena de pobres, a los que un criado entregaba un trozo de pan y una moneda de diez céntimos.
Nos habla también de los famosos tambores de Semana Santa, que datan del siglo XVIII, costumbre desaparecida y revivida, en la que tocan casi sin interrupción . Evocan el ruido de rocas entrechocando que sacudió al mundo al morir Cristo. Afirma que en su tiempo apenas eran doscientos los tamborileros, hoy (nos habla Buñuel desde 1976) pasan de mil entre bombos y tambores.
Recuerda como marco vivencial de su adolescencia sus primeros encuentros con la muerte, una profunda fe religiosa y el despertar de su instinto sexual. Paseando un día se topa con el cadáver de un burro siendo devorado por una docena de buitres, Buñuel se siente a la vez atraído y repelido por el espectáculo. “Quedé como fascinado ante aquella visión y aparte de su grosero materialismo tuve una vaga intuición de su significado metafísico”.
En otra ocasión consigue mezclarse entre los asistentes a la autopsia de un pastor apuñalado por la espalda, gracias al aguardiente consigue mantener el valor para ver lo que le hacen al cadáver. Tiene que ser llevado a casa en estado de embriaguez, donde es castigado por su padre por ebrio y por “sádico”.
A continuación nos recuerda los entierros de gente humilde, con el ataud en la plaza frente a la puerta abierta de la iglesia. Los curas, los gritos de la madre. “La muerte siempre presente como en la Edad Media”.
En contraste, la alegría de vivir era más fuerte. Recuerda con nostalgia el goce de disfrutar de un placer largamente esperado, en oposición a la facilidad para obtener satisfacción inmediata apretando un botón.
Su fe sincera le lleva a sentir culpa por la pulsión sexual que sentirá a partir de los doce años, por cuanto se opone a la castidad, la mayor virtud.
Recuerda la revista anarquista y anticlerical MOTIN, véase la crónica de una manifestación obrera en Madrid: “Ayer tarde un grupo de obreros ascendía tranquilamente por la calle de la Montera hacia la Red de San Luis cuando vieron bajar por la acera opuesta dos curas. Ante tal provocación… etc.”
Pero su fe seguía intacta, sin dudar del poder de la Virgen para hacer milagros. Menciona el regalo que su padre hizo a la iglesia de un paso a tamaño natural, que posteriormente sería destruido durante la guerra civil.
 Su padre había regresado de Cuba con una pequeña fortuna, y construyó una casa que era la admiración de las sencillas gentes del lugar. Estaba decorada al “mal gusto” de la época, estilo cuyo máximo representante en España fue Gaudí.
Buñuel nos describe la miseria de las niñas que asombradas oteaban el “lujoso” interior de su casa, acarreando a sus hermanos pequeños cubiertos de moscas mientras las madres trabajaban en el campo o en sus casas, dónde preparaban judías con patatas, “alimento fundamental y permanente de la clase jornalera”.
La visión de la miseria dejaba a la familia totalmente indiferente; reflexiona el autor que si en vez de haber nacido entre los “señores” hubiera tenido que trabajar la tierra, sus recuerdos serían menos felices.
Termina Buñuel criticando a la sociedad de consumo, a la que acusa de entorpecer el desarrollo moral y espiritual del hombre. “La entropía o caos se anuncia ya con el síndrome angustioso de la explosión demográfica.”
Quiero terminar citando textualmente a Buñuel en su último párrafo: “He tenido la suerte de que mi infancia transcurriese en la Edad Media, edad “dolorosa y exquisita” asi calificada por el escritor francés Huysmans: dolorosa en la vida material; espiritualmente exquisita. Justo lo contrario de hoy.”
Font: Luis Buñuel. Obra Literaria. Introducción y notas de Agustín
Sánchez Vidal. 1982. Zaragoza. Ediciones de Heraldo de Aragón
pp. 239-244
Publicado el: julio 09, 2008
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