La primera vez que vi It’s a Wonderful Life (Frank Capra, 1946) fue cuando tenia 19 años y no sabía que hacer con
mi vida; bueno, desde aquellos días hasta ahora no he aclarado este tema excepto que no puedo deshacerme (felizmente) de mi afición por el cine. Toda mi existencia me he preguntado si vale la pena vivir la vida y las únicas veces que he creído encontrar una respuesta han sido en momentos relacionados a la visión de alguna película, la lectura de un libro o el oír algún tema (de Rock’n roll, por supuesto) pero clásica también. Debo confesar (no sin rubor) que uno de estos momentos, a los que me aferro de vez en cuando es la parte final de It’s a Wonderful Life, cuando James Stewart o George Bailey en la película se ha dado cuenta que no podría o no quiere vivir una vida diferente a la que ha vivido hasta ese momento; porque, a pesar de estar en bancarrota tiene una familia que lo ama y unos vecinos que lo apoyan; sólo que él los había pasado por alto, ¿qué es lo que lo hace notarlos? La experiencia límite (no haber nacido nunca o no existir, que es lo mismo y que es lo que él desea cuando se acerca a la cornisa del puente y se dispone a saltar) a lo que lo somete su ángel
guardián (Henry Travers) para mostrarle las cosas, que por ceguera mental, no apreciaba. El elemento experiencia límite ha sido usado por el cine muchas veces como punto de quiebre, acontecimiento clarificador del estado real de las cosas; para Capra todo se resolvía con la
bondad de las personas imponiéndose ante la imperfección de la sociedad o el mundo y, aunque yo no creo en tal cosa, no puedo recordar que esa visión haya sido expuesta mejor y tan bellamente en un film, como en todos los films de Capra; le ha valido para ello contar con unos intérpretes irrepetibles, James Stewart (recién llegado de la guerra con Korea; no olvidemos que era republicano con firmes creencias en su ideología; de hecho, su hijo también participó en una guerra: Vietnam, pero al contrario de su padre, no regresó de ella con vida), a quien la trama de la película le parecía tonta; sin embargo, esta interpretación de James Stewart es una de mis favoritas; sólo basta recordar toda la secuencia final, desde que descubre que nunca existió hasta encontrar a sus hijos. Ya con su pequeña en brazos y su esposa al lado (bellísima Donna Reed), sus vecinos van llegando para devolverle algo del favor que alguna vez les ha prestado. Magníficamente filmado por Capra, quien maneja el ritmo y crescendo de la secuencia para desembocar en un momento cumbre del cine: allí todos reunidos, en vísperas de nochebuena, empiezan a cantar Auld Lang Sung (nunca mejor incluida en un film), Donna Reed llorando y cantando, los niños también, sus vecinos igual y entonces Capra acerca la cámara al rostro de Stewart y las lágrimas le caen del rostro y quiero llorar con él, trago saliva, pero no, diablos! Frank, sí, vale la pena, parece restregármelo en la cara, el buen Frank.