En la década del noventa surge una nueva corriente denominada nuevo cine argentino, marcada por el carácter
independiente de las realizaciones, y un cambio en la mirada.
El nuevo cine argentino, se sabe, es un concepto bastante difuso, innovó en su momento, trajo aire fresco a un cine nacional que no iba hacia ninguna parte. En estas épocas la situación es bien diferente; la producción sólo aumenta y hay cine argentino para paladares diversos. Hacer un buen cine a partir de limitados recursos económicos fue una propuesta que mostró valiosos resultados. El precursor en este movimiento fue Martín Rejtman quien hizo en 1991 su ópera prima Rapado. Sin embargo, no será hasta 1998 que estos nuevos realizadores logran tener una mayor difusión. La primera película que tuvo una repercusión pública, dentro de esta nueva generación, fue Pizza, birra, faso, de Bruno Stagnaro e Israel Adrián Caetano. A esta le siguieron, en 1999 Mundo Grúa de Pablo Trapero y otras que continuaron esa línea de películas de tónica y personajes reales, bajo presupuesto y actores no conocidos.