La genialidad, y su incompatibilidad con el mundo, son
representadas magistralmente por esta obra de Joseph Losey.
Allí se ve como el
poder económico, y el religioso, carcomen la producción de este personaje excepcional.
El cual no solo nos regaló aportes científicos, sino que también conceptos
valiosos que lamentablemente aún siguen chocando con las normas de nuestra
sociedad. Uno de estos aportes, al cual llega en el ocaso de su vida, es
plantear que el objetivo de la ciencia, debería ser facilitar la vida a la
humanidad, y que sus descubrimientos deben ser transmitidos al pueblo, y no al
poder de turno. El otro aporte, se expresa simple y contundentemente en una
frase, parafraseada de esta manera: “Lo triste no es una tierra sin héroes,
sino una tierra que los necesite”, la cual nos hace reflexionar sobre como la
necesidad de héroes, idea martillada de incontables maneras en toda región y
época, adormece la rebeldía de los que no sienten serlo, sometiéndose y
aceptando la injusticia que padecen.Artísticamente, la película se desarrolla
utilizando una narrativa simple, la cual es abandonada en tres escenas de mayor
vuelo artístico, y en la elección de utilizar a un coro de niños como prologo
de cada capítulo. La primera escena es la que mediante un
teatro grotesco,
mecanismo de protesta de la época, se pinta el momento en que las ideas de
Galileo llegan al pueblo, haciendo una original analogía entre las orbitas de
los planetas y el sol, y la relaciones de dependencias en la sociedad. La
segunda es cuando innumerables asistentes visten al papa, mientras el cardenal
inquisidor lo presiona a frenar a Galileo, en ella cada pieza de su vestimenta
representa un compromiso adquirido, el cual pesa sobre sus decisiones. La
tercera, es la espera por la retractación de Galileo, fe y razón comparten el
mismo cuadro, con un juego de sombras similar al de “Ivan el Terrible” de
Eisenstein