H. Sumangala, Sumo Sacerdote de Sripada y Galle y Principal del Vidyodaya Parivena, en la actual Sri Lanka, certificó en
la apertura de la obra, en el lejano año de 1881, que la misma estaba de acuerdo con los cánones propios de la Iglesia Budista del Sur.
Es esta una de las contadas interpretaciones escritas por la pluma de un investigador occidental, el Cnel.Henry Steel Olcott, convalidada por una genuina autoridad budista. La obra finalmente vio la luz en 1903 en Adyar, una ciudad balnearia de la actual Chennai, al sur de la India.
Con este visto bueno se inicia nuestro manual sobre la religión de la sabiduría más extendida por el Lejano Oriente, escrito mediante preguntas y respuestas, en un estilo deliberadamente claro y sencillo. Aun en nuestra época, este Catecismo es utilizado en las escuelas budistas de la isla como breviario para la enseñanza de la inspirada doctrina del Bendito Sakyamuni.
En el primer capítulo, el autor ofrece un descriptivo recorrido por los hechos de Siddharta Gautama, el Buda, situando los incidentes de su vida novelesca y heroica en medio de una cultura apremiada por alcanzar la verdad última de la
existencia. A través del diálogo virtual nos enteramos de los azarosos pormenores que rodearon la final iluminación bajo el árbol baniano. Las intrigas y desarreglos que la decisión del príncipe Siddharta precipitó especialmente entre sus familiares, con su definitiva renuncia a la vida palaciega, son presentados clara y sintéticamente, junto a las terribles ordalías que enfrentó antes de resolver el problema de la existencia. Conocemos detalles sobre las costumbres diarias del Sabio, así como la forma en que ordenaba sus actividades de acuerdo a las tres estaciones del subcontinente: la seca de ocho meses de duración, la húmeda y la lluviosa. Nos sentimos ante su presencia en ocasión en que dictara su primer discurso, aquel en el que sentara la naturaleza de su mensaje y de su misión.
Lo vemos emprender en aquella estación propicia, continuos viajes de diseminación de la verdad, provocar profundas conversiones de brahmines altivos, de ascetas rígidos y de pandits aficionados a la discusión dialéctica. Y entre todas ellas y quizás las más significativas por tratarse de cortesanos poderosos aficionados a los deleites del mundo, nos enteramos de las conversiones de los miembros de su familia, incluidos su esposa, su hijo y su padre. Su primo, Devadatta, un
hombre de gran inteligencia que se alistó entre los monjes, terminó por conspirar contra su vida, presa de un celo y de una envidia tan encendidos que lo llevaron a una muerte terrible.
Con este capítulo inicial se comienza a recorrer el curso natural de la enseñanza del Maestro, asentada sobre sus tres pilares: el Buda, el estado despierto e iluminado de la mente, del cual él era el ejemplo vivo y al que describió en su carácter de revolución psicológica; el Dharma, la verdad que él enseñó y que tiene peso de ley moral y espiritual y que incluye las observancias que los hombres de todo origen y condición, laicos y religiosos, deberían tener en cuenta; y la Sangha, la orden de monjes y monjas que destinan su vida a la práctica de la piedad y la meditación y sus reglas y estatutos internos.
Sobre cada uno de estos pilares se extiende el Cnel. Olcott en su diálogo ejemplar.
La verdad fundamental del dolor y de los ochos pasos que conducen a su cesación son presentadas con plausible poder de síntesis y sencillez. La ley de Karma, la Rueda de muertes y renacimientos, las tendencias ancestrales que el hombre trae consigo a cada nueva existencia (skandhas) y otras tantas doctrinas relativas al estado humano corriente, son presentadas en un diálogo que parece tener lugar junto a un samovar y a unas tazas de té, en algún templo cingalés perdido en medio de la espesura.
El hombre que alcanzó el Nirvana de Beatitud y sus proezas, son discutidos entre un inquisitivo interrogador y un sensato y ecuánime erudito, que extienden su conversación a los progresos y la difusión del Budismo por todo Oriente, sin excluir la apasionante historia del emperador Ashoka, quien llevó a tal extremo su devoción por esta doctrina que llegó a establecer convenios con reyes y príncipes extranjeros, incluso naturales de la Grecia Antigua, para la propalación de la noticia de la venida del Avatar del corazón sabio y compasivo.
Olcott concluye su Catecismo con las Catorce Creencias Fundamentales del Budismo, entre las que destaca especialmente la noción de que la causa última del sufrimiento y de todos los males, es la ignorancia. Para denunciarla y aleccionar a los hombres a que realicen su identidad con la verdad, Siddharta Gautama enfrentó el vacío ritualismo y las supersticiones y creencias más degradantes, constituyéndose en un pensador original, en el primer científico en explorar la conciencia y alcanzar la iluminación una noche espléndida, unos instantes antes de que apuntara la aurora sobre la faz de la tierra.
A los ochenta años de edad, en el plenilunio de Mayo, se echó entre dos árboles, con la cabeza hacia el norte. Dio las últimas instrucciones a sus amados discípulos, y, simplemente, se despidió.