ANÁLISIS SOBRE LA RIBERA DE CARLOS PACHECO Y MUSTAFÁ DE ARMANDO DISCÉPOLO Y RAFAEL JOSÉ DE ROSA Introducción
En atención a la importancia que mereció para la comprensión de una importante etapa de nuestro
teatro nacional el
sainete y el
grotesco criollo, es que trataré de delimitar algunas similitudes y diferencias en las dos obras elegidas para el análisis, llamando la atención ya desde el comienzo una cierta orientación o característica que parecería indicar la pertenencia a uno u otro género, ya desde el mismo título. Así obras como
La Ribera o
El Conventillo de la Paloma (obra por antonomasia como la más representativa
del sainete), sugieren pronta a describir más un medio, un entorno, un lugar que un carácter que acaso sería más propio del grotesco como los nombres propios de
Stéfano o mismo Mustafá. De ahí, tal vez, la definición de “grotesco asainetado” para
Babilonia, que parece definir a la vez que un bullicioso entorno, un no menos estudiado carácter, invitándonos a fusionar las aparentes liviandades del sainete
Con su costado reidero con las retorcidos meandros del
pathos propio del grotesco. No obstante veremos que ésta pretensión de delimitación para el establecimiento de categorías taxativas en ambos géneros, presenta aristas más bien difusas.
Desarrollo del Tema Nos dice Ángela Blanco Amores de Pagella que la palabra “sainete” significó cosa sustanciosa y sazonada propia del arte culinario y que Covarrubias lo define como término de cetrería y de cocina: “sayn” es la grosura de cualquier animal, los tuetanitos del ave o los sesos o cualquier otra menudencia son llamados por los cazadores “sainete”, conociéndose con el tiempo como bocaditos de gusto, llegando a identificarse con la diversión, el baile y en especial con cualquier pieza intermedia. Pero si lo culinario está en el origen de la etimología de este género que revistió con características propias en la escena criolla, el grotesco vino de la mano de lo espeleológico, lo torturado y rebuscado de la caverna, más precisamente de la gruta. En una consideración más apoyada desde lo dramático en términos de la teoría de los conflictos, el sainete se jugaría más en la exterioridad del conflicto interpersonal y con el medio a diferencia del grotesco que acusa igualmente un conflicto con el
entorno y otro más de carácter intrapersonal, de ahí que pueda hacerse más una descripción de los estados de estos personajes, hablando siempre –claro está- de intentos de clasificación con vocación modalizadora ya que – como enuncié más arriba- son géneros que se bifurcan por lo que sus conflictos también. Tratamos entonces de establecer un reconocimiento para uno y otro género. Las descripciones en las didascalias de partida que sirven para localizarnos y plantar desde ahí el devenir de las historias a desarrollar son sintomáticas y claras en sus presentaciones ya que nos hablan de bodegones, mar, colorismo puertarios y evocan a su vez los sonidos encimados de marineros, transeúntes y acordeonista. Difícil es aquí, en el planteamiento de solicitud audiovisual y plástico que nos propone Carlos Mauricio Pacheco, hasta con alguna remembranza quinqueliana, desentenderse del bullicio, la algarabía, lo abigarrado de las figuras y los espacios, la tematización de lo babélico en la cruza de las idiosincrasias con sus recurrencias canoras como la inolvidable escena en las que cantan las distintas nacionalidades por la patria lejana en la mesa babélica discepoliana. Tematización ésta que aparece enunciada en D. Gaetano en
Mustafá cuando nos habla de la mezcla de razas, siendo el conventillo el espacio, el ámbito por excelencia de los patios abiertos de los sainetes en oposición a los cuartos cerrados, viciados del grotesco donde las habitaciones como la descripción inicial en Mustafá son cajas de resonancias de sus pobres existencias. La presentación es clara en cuanto a las intenciones del autor donde ya no está el abigarrado paisaje exterior sino aquellos objetos marcados donde habrá de desarrollarse un drama. Un espacio interior que paradójicamente asordina y amplifica la sordidez, la miseria y la infelicidad de los que aspiran en su desesperación a salvarse de la catástrofe de sus meras existencias.
Conclusión
Las diferencias marcadas más arriba no están tan claras en las obras estudiadas salvo en el trazo caracterológico más acentuado, de profundización de un tipo en
Mustafá que ya no es el turco meramente gracioso de
El Conventillo de la Paloma. Por otra parte Discépolo define a su propia obra como sainete equiparándola a la de Pacheco cuando lo propio de este género más exterior son las canciones y los bailes a pesar de la seriedad que se le intenta dar a una obra como por ejemplo en
Los disfrazados. Sainete y Grotesco criollos han sido las matrices por la que nuestra escena nacional aún sigue abrevando, sea para renegar o para reformularse desde estos propios y auténticos géneros que devienen estilos. La oleada de costumbrismo y neo-costumbrismo con los que nos abrumó la televisión viene del sainete, la resistencia o las nuevas operaciones que extremaron trabajos que se han jugado en la imagen y en el cuerpo –por supuesto ya sin el
pathos original- vienen del grotesco o de su primo hermano el esperpento cuyas cartas de nobleza en su ascendiente se remontan a los grabados goyescos.
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