Si hay algo en el ser humano que lo distingue sobremanera de cualquier otro animal, eso es la
libertad.
Libertad de
acción,
libertad de expresión y libertad de pensamiento, si se salvaguardan esos tres pilares fundamentales, el hombre es capaz de construirse a sí mismo como persona e individuo autónomo frente a la naturaleza y a cualquiera de sus semejantes. ¿Y frente a Dios? Ante Dios, la libertad adquiere su más elevado sentido, porque se define antropológicamente como el don más preciado que el Creador le ha concedido al hombre cuando lo formó a imagen suya.
La libertad
interior es al final, y al principio, la garantía esencial del ejercicio sano de todas las demás libertades. Por desgracia, la falta de libertad interior es, en la mayoría de los casos, una cadena casi imperceptible que nos tiene bien sujetos por los cuatro costados y que por su manifestación tan discreta, apenas nos damos cuenta de que la llevamos amarrada al cuello como una maroma que nos impide respirar.