Durante muchos años, la Iglesia estuvo predicando sobre un Dios cruel, juez, castigador y que en todo
momento llevaba cuenta
de todo aquello que el
hombre hacía. Tanto era así, que de acuerdo con aquellos postulados de la Iglesia, para calmar la ira de Dios había que estar continuamente ganándose su beneplácito para que éste no castigara el pecado o debilidad del hombre.
Con esta teología, o mejor aún, con esta espiritualidad, la relación del hombre con Dios se establecía en términos de méritos a través de los cuales los creyentes debían ganarse a pulso la complacencia de un Dios dispuesto a pasar factura en cualquier
momento, aquí en la tierra y más tarde en el cielo, con la siempre aterradora imagen del infierno como lugar de condena irremisible.
Este poso de hostilidad fue generando una idea del cielo y de la salvación como lugar reservado para unos pocos y que había que ganarse a diario como fruto del esfuerzo personal, que más por temor que por devoción, generaba en el hombre una imagen de Dios diametralmente opuesta al Evangelio, y para nada gratuita a como Jesús predicaba.