La Iglesia afirma que la vida es un don de Dios y que sólo Él puede disponer de ella. Sin embargo, sin querer negar la premisa
mayor, en la que no parece haber consenso, y de ahí el planteamiento de la
eutanasia, el problema surge al plantear los efectos de esta afirmación.
No se puede contradecir el principio ético y religioso de que el hombre no pueda disponer libremente de su vida, bien sea por entregarla a favor de otros, o porque no valga la pena seguir viviendo. Cuando ya no es posible vivir
dignamente, se debe respetar el derecho a morir dignamente, y ese es un derecho de todo ser humano.
Ciertamente, este derecho no puede ser impuesto a nadie, pero tampoco se le puede prohibir a nadie.