El lugar de las iglesias en el mundo moderno, en muchas sociedades, ha quedado reducido a un evidente arrinconamiento, del
que algunas iglesias, como la católica, intentan salir a través de una lucha verbal, por intentar
recuperar el ámbito de influencia social de tiempos pasados.
En España, la aconfesionalidad del Estado ha provocado un malestar insoportable por parte de la Iglesia católica, queriendo tener voz y voto en las decisiones del Ejecutivo, con la intención encubierta de volver a un Estado de nacional catolicismo como el que marcó la vida del país durante cerca de cuarenta años.
La respuesta de la Iglesia no se ha hecho esperar ante esta nueva situación. Desde aquí se
comprende que en seguida empezaran a surgir “nuevos movimientos religiosos” de talante fundamentalista y conservador, con la intención de recuperar el sitio que antaño tenía la Iglesia en medio de la sociedad civil. Por eso, estos nuevos grupos religiosos se inscriben en las viejas formas del cristianismo preconciliar, tanto en lo litúrgico como en lo moral.
La Iglesia comprende que la autonomía de lo profano frente a lo sagrado es ya algo imparable, y en sí mismo bueno, aunque esta afirmación no quiera aceptarla desde su postura defensiva, por miedo a verse en una situación de debilidad de la que desearía salir con todas sus fuerzas.