El Concilio Vaticano II rompió con la antigua
estructura eclesial para presentarla como Cuerpo místico de Cristo, Pueblo
de Dios y Templo del Espíritu.
Lejos de los antiguos modelos de sociedades piramidales, calcados de las monarquías absolutas, el Vaticano II pretendió que la sinodalidad jerárquica fuera la
estructura de base para ejercer el gobierno de todo el Pueblo de Dios.
La Iglesia dispone de un potencial inmenso, sin tener que tocar su propia estructura sinodal, para el
ejercicio de la autoridad. No se trata de democratizar a la Iglesia, sino de explotar su dimensión comunitaria y participativa para que el ejercicio de la libertad se desarrolle como un don del Espíritu.
La posibilidad de la disensión y de la opinión pública, deben poder ejercerse sin límites ni miedos a la exclusión, al rechazo o a la imposición del silencio. La obediencia implica, desde el Evangelio, la escucha mutua y la búsqueda común de la Verdad, a través de las mociones que el Espíritu suscita en todos los bautizados.