Esta pintura está considerada como la representante del auge de la obra de William Turner. Culminada alrededor de 1845, es
una clara precursora del
impresionismo que se asomaba. Es un óleo sobre
lienzo de 91 cm. por 112 cm, que actualmente se encuentra en la Galería Nacional de Londres.
Para mí, hay cuadros que narran una misma historia muchas veces, otros que no hablan, y otros que a cada persona le cuentan la misma historia de manera distinta. Este cuadro entraría en la descripción de los últimos; es capaz de conectarse con la subjetividad de cada uno para mostrarnos una situación diferente, y nos sugiere (jamás obliga) mediante un juego de luces y humos, un paisaje infinito.
El caos se fusiona con la armonía, tal como lo hacen las nubes y los colores entre sí, y nos señala la vertiginosidad de la vida que amenazaba con llegar y que ahora nos toca a nosotros vivir.
La velocidad que representa el tren, el futuro cubierto de niebla que parece atropellarnos, la fragilidad del puente sobre el que corre la industrialización, todo eso puedo ver, al igual que cualquiera al echar una mirada tranquila. Pero llego más allá, y veo la violencia de las nubes que chocan entre sí, creando posibles imágenes que son completas por mi subconsciente. Y en caso de distraerme un momento, las imágenes bailan y se suceden una tras otra, con una posibilidad mínima de repetirse, como si murieran con cada nueva mirada.
Lo que me atrapa del cuadro es su capacidad de evocación, capacidad casi infinita, como la ilusión que logra Turner cuando buscamos el origen del riel del ferrocarril.
Hubiese podido elegir la aparente belleza de un cuadro más armonioso o supuestamente equilibrado, pero el descontrol de éste me invade, y es placentero sentir que el tren casi llega a chocar contra nosotros, y las nubes y vientos fríos o calientes, se sumergen hacia arriba para ir cambiando de color, mientras por dentro vamos explotando.
Es un cuadro dinámico, como para verlo, descansar, volverlo a mirar, echarse a dormir una siesta, pensar en lo mirado y mirar nuevamente. Soñar un rato y no distinguir si es que es el sueño o tal vez el cuadro el que se apodera de nosotros. Tal vez, para disfrutar habría que colocarlo en un oasis atemporal, donde lo único que se mueva sea la locomotora y el tiempo no transcurra limitándonos, sino, mejor, dando paso a nuevas impresiones.