Como espectadores sabemos que estamos situados en el preciso lugar donde sucedio el hecho misterioso sobre el que se basa
la obra: un caso real, el niño que desapareció casi sin dejar rastros y la relación con un
clarividente (Kalan Serard) quien emprende una busqueda interior para conseguir que el niño retorne a este sitio. Esto ocurrió ya hace mas de diez años- en el mismo lugar misterioso en el que estamos ahora siendo parte de esta
performance teatral.
Sobre el espacio escenico:
La obra se emplaza en un pequeño y árido bosque aledaño a la ciudad. Es tan hinóspito y crudo el paisaje en relación a la obra que parece sugerirnos -cuadro a cuadro- que el mismo espacio fuera el culpable. Que éste, junto a la fuerza del clarividente y de todos nosotros alli, deberia devolver a este niño ya hecho hombre.
El niño se perdió y no se supone nada, no hay rastros no se habla de esto en el pueblo. Las imagenes que se proyectan sobre el territorio a modo de pesquisa policial muestran el comportamiento del ahogado: un ser que flota, se desplaza con las corrientes, se hunde y transita por las profundidades. A los espectadores se les propone establecer un vínculo con su propio niño perdido, un encuentro con la infancia (que en parte, pudo haber sido dolorosa) retornar hacia ciertos aspectos que se nos han adormecido y que ya no podremos transformar.
La intriga que se presenta en esta obra y en la realidad es la de saber si el clarividente (interprete y clarividente de oficio) va a lograr el contacto con el niño.