17 de agosto de 2008
El reloj de Su Sung
Juan Marguch
En el primer tomo de su bien documentada obra Los descubridores,
Daniel Boorstin recoge la antigua tesis de que para los chinos de la antigüedad los relojes eran juguetes de maravillosa complicación antes que instrumentos usados para medir el tiempo. En el aspecto técnico, estuvieron adelantados por varios siglos en la fabricación de estos aparatos, pues lograron crear admirables sistemas mecánicos, que enriquecieron con su refinada estética.
Hacia el año 1000 de la era actual, la astronomía y su consecuencia directa, la creación de astrolabios y relojes, eran patrimonio de la corte imperial. Utilizar un calendario distinto del elaborado por el emperador reinante podía ser considerado un acto de rebelión y castigado, como tal, a veces con la pena capital. En las fábricas imperiales trabajaron durante siglos matemáticos y astrónomos que realizaban los cálculos necesarios para construir con la mayor exactitud posible los calendarios y los relojes. Si erraban en las operaciones matemáticas podían pasarla francamente mal, hasta perder la vida si el error era demasiado grande o el emperador demasiado temperamental.
Inexplicablemente, ese arte se fue perdiendo con el paso de las centurias, a tal punto que en el siglo XVI el sacerdote jesuita italiano Mateo Ricci (1552/1610), que dio un poderoso impulso a la evangelización de algunas regiones de China, deslumbró a la corte imperial al obsequiar al monarca dos relojes, uno, de gran tamaño, accionado por pesas y con sonería, y otro, más pequeño, a resorte. Cuando las pesas del reloj grande llegaron al piso de la caja y cesó el sonido de las campanadas, el emperador dio a Ricci un plazo de tres días para que le devolviera el sonido. El inteligente religioso era un hábil relojero y antes de que se cumplieran las 72 horas puso nuevamente en funcionamiento el mecanismo. Los chinos habían olvidado que 500 años antes de la llegada de Mateo Ricci (que arribó a las costas del Celeste Imperio en 1582 y recién 13 años después fue autorizado a ingresar en Pekín –hoy Beijing–, la capital imperial), sus antepasados construían asombrosos relojes utilizando una tecnología que los occidentales no habían igualado 500 años después. En efecto, Ricci y sus acompañantes quedaron asombrados cuando conocieron la historia del "
reloj celestial" que hacia el año 1000 había construido Su Sung.
Su Sung, alto funcionario como astrólogo y relojero imperial, fue enviado como embajador para presentar los saludos de su emperador a un monarca de un vecino "reino bárbaro" que cumplía años. De regreso, confesó al emperador que los "bárbaros" tenían un calendario más exacto, lo que valió a los astrónomos y matemáticos flagelaciones y multas. Su Sung recibió la orden de que inventara el reloj más bello y exacto que hubiese existido nunca. Cuenta en sus memorias que nunca quiso construir un reloj para medir sólo el tiempo y que fuese de utilidad para el pueblo, sino "un mecanismo celestial" para deleite del sagrado emperador. Optó por un mecanismo accionado por la fuerza del agua. "Los cielos –escribió– se mueven sin cesar, y del mismo modo corre el agua; si se hace derramar el agua con perfecta secuencia, la sincronización de los movimientos de los cielos y de la máquina no mostrarán diferencia". Sus escritos contenían estupendas memorias descriptivas y dibujos de las distintas piezas, con tanta claridad y perfección que mil años después pudieron construirse réplicas perfectas del "reloj celestial".
El reloj astronómico tenía nueve metros de altura, su aspecto exterior era el de una pagoda de cinco pisos, flanqueado por una escalera que permitía acceder a la plataforma donde se encontraba una esfera de bronce, en cuyo interior giraba automáticamente un globo celestial. En la base y hasta la altura del tercer piso del reloj se encontraba el mecanismo accionado por el agua, que alternativamente llenaba y vaciaba las palas de una rueda vertical. En los cinco pisos de la pagoda aparecían cada cuarto (el día estaba dividido en cuartos, a su vez divididos en pequeños cuartos) decenas de muñecos autómatas que desfilaban al son de campanadas, tambores y gongs. "Hay 96 muñecos –describió Su–. Están dispuestos para actuar cuando las campanadas y tambores dan los cuartos. Un muñeco vestido de rojo aparece para anunciar el atardecer, y luego, después de dos cuartos y medio, sale otro muñeco, vestido de verde, que anuncia la llegada de la oscuridad. Cada una de las guardias nocturnas tiene cinco subdivisiones. Un muñeco vestido de rojo aparece al comienzo de la ronda nocturna para señalar la primera subdivisión, mientras que en las cuatro subdivisiones restantes los muñecos están todos de verde. Hay, de este modo, 25 muñecos para las cinco guardias nocturnas. Cuando llega el tiempo de esperar el amanecer, con sus 10 cuartos, un muñeco vestido de verde sale a anunciarlo. Luego otro muñeco, también vestido de verde, señala el amanecer y sus dos cuartos y medio, y a la salida del sol la anuncia un muñeco con hábitos rojos. Todos estos muñecos aparecen en la puerta central".
Esta maravilla de ingeniería relojera y astrológica funcionó hasta el año 1094. Al año siguiente ascendió al trono otro emperador, que debía tener algo de argentino porque hizo lo que hacen todos los argentinos cuando asumen el poder: destruyó cuanto había obrado su predecesor, entre ello el "reloj celestial" de Su Sung.