Muralismo mejicano. La Revolución de 1910 contra Porfirio Díaz, se gestó en un amplio frente que abarcó a todos los sectores de la sociedad mejicana. También la revolución artística tuvo su agitador: Gerardo Murillo, el Doctor Atl, el
gran abuelo
del arte mejicano contemporáneo. Ha vuelto de París muy impresionado por el fauvismo (ver artículo) y la actitud experimental en la creación. Inventa unos colores secos compuestos de cera, resina y petróleo,
con los que pinta telas de gran tamaño para la Escuela de Bellas Artes. Organiza una exposición con Clausell y José Clemente Orozco, junto a otros pintores y escultores con un éxito completamente inesperado. Junto a ellos, solicita
al gobierno un espacio para decorar los muros, que le es concedido, pero al estallar la Revolución todo queda en un fracaso. Atl se vuelve a Europa, pero en 1911 David Alfaro Siqueiros y otros declaran una huelga en la Escuela de Bellas Artes exigiendo renovación de autoridades, docentes y planes de estudio, pero fue tan larga que no produjo los efectos deseados. Tras muchos intentos fallidos, siempre teñidos de reclamos políticos, encontramos a Orozco como el gran crítico caricaturista. Los demás aún no han encontrado su lugar. Recién cuando la Revolución entra en su etapa pacífica, es la misma revolución la que se impone como tema en el arte. El primero en llegar a ello es Francisco Gotilla, con “Baile de la Revolución”, 1916 y “El ahorcado”, 1917. Orozco abandona las caricaturas pero aún no llega a expresar la amargura de su pueblo desvastado: será más adelante cuando su obra sea el “gran llanto histórico” surgido de la rebeldía y frustración de su pueblo. Mientras tanto, Siqueiros conoce en París a Diego Rivera, en un encuentro decisivo en la vida de ambos y en el posterior desarrollo del arte mejicano. En 1922, el Secretario de Educación, José Vasconcelos, socialista, pensó que el arte heroico podía ayudar a fortalecer la voluntad de reconstrucción de un país analfabeto al que había que rehacerlo desde sus cimientos. Pensó que las pinturas murales en sitios públicos eran los lugares donde el pueblo – al reconocerse- reafirmaría su patriotismo y su creencia en el nuevo orden. El encargado de comenzar esto fue Diego Rivera en el anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria. Pintó a la encáustica, “La creación”, una alegoría sobre la formación de la raza mejicana. Pero era una
pintura demasiado académica, para un público culto: no servía. Al poco tiempo se crea el Sindicato de Trabajadores Técnicos, Pintores y Escultores, con un Manifiesto a las razas nativas, soldados, trabajadores, campesinos e intelectuales contrarios a la burguesía, que fue la bandera socialista que significó el gran movimiento artístico mejicano. Sus tres grandes figuras fueron: Siqueiros, Rivera y Orozco. Este manifiesto obligó a los pintores a producir arte realista. Repudiaron la pintura de caballete por aristocrática e incentivaron las grandes dimensiones porque “ siendo del pueblo mes colectiva” y debía borrar todo individualismo, donde los productores de belleza debían realizar sus mayores esfuerzos para hacer su producción de valor ideológico para el pueblo, para que fuera un arte para todos, de educación y de batalla. Grande fue la efervescencia creadora, pero no todos supieron adicionarle el ingrediente político. Se expuso la estructura social, las tradiciones, etc. La máxima obra de Rivera, iniciada en 1929 y hasta 1952 (inconclusa) es la relación de la historia mejicana en los muros del Palacio Nacional, en la ciudad de Méjico. En 1936 pinta sátiras a la política nacional y al turismo. “Historia de la cardiología”, 1944; “El agua en la evolución de la especie”, 1951; “El pueblo en demanda de salud”, 1954. A pesar del repudio a la pintura de caballete, no nos engañemos, también debían subsistir y pintaban para particulares en formatos más pequeños. Orozco, el más rebelde, decidió dar rienda suelta a su instinto. Su obra es más truculenta que anecdótica, más melodramát
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