Caminando mira el parque, los niños que juegan en la acera, las casas a un costado del camino, los mismos cielos que cada
mañana lo saludan. Va a la oficina, a la fábrica, a la estación, al taller. Durante varias horas se esfuerza por ganar unas monedas. Regresa a su casa, saluda a su familia o quizás salude a su cama vacía. Se acuesta y trata de dormir, pero no puede. El insomnio le muerde la nuca y no le deja descansar. Hay una pregunta ensartada en sus párpados, resonando debajo de la almohada, y por más vueltas que dé no puede alejarla: ¿cuál es el sentido de todo esto?
Casarse, trabajar, tener hijos que a su vez crecerán, buscarán un trabajo y engendrarán generaciones nuevas de padres, de nuevos obreros. Un buen día, nos despertamos en mitad de ésta ruta y sentimos el absurdo y la sinrazón. Nada nos anima, porque el paisaje a perdido su alma. Todo este fenómeno de hondas depresiones y suicidios potenciales tiene su raíz en la misma fuente: nosotros mismos.
La lista de los males de la humanidad es tan larga como la de aquellas personas que se han dedicado a mejorar la existencia de nuestra especie. Entre los flagelos humanos, el abatimiento general que nos lleva a llorar soledades en medio de la noche es una derrota profunda. En ese estado de apatía absoluta, en ese no encontrar un sentido para seguir por el mundo, incluso la tumba parece un destino feliz.
No estamos hablando de la supresión de los deseos que pregonan los místicos. Es la honda tristeza gris que nos atenaza el alma. Es, quizás, el costado opuesto del asceta sereno que ha alcanzado la paz de sí mismo. El buda, el chamán, el santo que reposan sobre su serenidad tiene un sentido inquebrantable para permanecer y ser sobre ésta tierra.
Entonces, ¿dónde se puede encontrar un sentido para nuestra vida?
Dependiendo de la escuela donde nos encontremos, se postula que el sentido de la vida se puede encontrar o se puede construir. En realidad, es tanto una búsqueda como una construcción. La búsqueda es dentro de nosotros, la construcción es la de nuestra persona. El albañil y el explorador van de la mano. En ambos casos, exige un
ejercicio activo y consciente de la
voluntad.
Justo voluntad es lo que sentimos que nos falta cuando el sin sentido se apodera de nosotros. Sin embargo, la voluntad crece fácilmente a partir de un primer empujón. Basta una caricia en nuestra voluntad para que está salta muy alto, y crezca fuerte y fecunda. Simplemente levantarse y salir a la calle. Un acto simple y lleno de poder, dicho sea de paso.
Una vez en camino (simbólica y materialmente) la construcción y encuentro del sentido de nuestra vida debe enfocarse en nuestra vida cotidiana y en nuestros afectos. Podemos encontrar razones para vivir en nuestro trabajo, en una afición, en la religión. Pero, suelen ser espejos de humo. Ningún maestro, ningún libro, ningún artículo de Internet otorga mágicamente el sentido de la vida. No podemos comprarlo en la farmacia o en la tienda de la esquina y guardarlo en un cajón. Es un acto que necesita actualizarse a cada momento.
Lo que realmente nos satisface es la carga afectiva que les imprimimos a cada esfera de nuestra vida. Todo empieza y termina por nuestros afectos, que es tanto como decir que inicia y cierra con el amor. La diferencia en que nuestro trabajo sea una cárcel o un jardín de juego es si amamos o no nuestro oficio. Una relación amorosa puede ser el infierno o el paraíso si el afecto que une esas personas se mantiene.
El amor, en su más amplio sentido, que le da una razón de ser a todos nuestros actos, se cultiva en los detalles pequeños del acontecer cotidiano. No es sólo amor en los cumpleaños y en los aniversarios, es amor en el desayuno, en el autobús, en la charla más banal y sencilla. Es amar no sólo a nuestra madre y a nuestra pareja; es amar, ojalá hasta la pasión, a todos: al vendedor de periódicos, la camarera, nuestro jefe, nuestra suegra, nuestro mejor amigo, al que se declara nuestro enemigoo.Este camino, uno de los más antiguos jamás señalados, trae muchas interrogantes. Es sencillo decir “El sentido de la vida es amar”. Sin embargo, ¿qué sucede cuando amamos y no nos aman? ¿Qué pasa con el amor frente al dolor? ¿Y el amor delante de la muerte?
El amor como una forma de darle un sentido a nuestra vida logra incorporar todos estos elementos a nuestra vida. No es negando el dolor como logramos superarlo, es sintiéndolo y aceptándolo amorosamente. ¿Amar el sufrimiento? Sé que suena a locura, tanto como el bíblico precepto de amar al prójimo y a quienes nos lastiman. Sin embargo, ejercitándonos en el ejercicio del amor, comprendemos que está es una fuerza tan poderosa como para integrar todas las contradicciones y salvar todos los abismos.
Es indispensable ejercitarnos en el ejercicio del amor. Pasamos años preparándonos para ejercer una carrera, aprendiendo las estadísticas de un deporte o viendo televisión. Entonces, no nos extrañe que el amor requiera que investiguemos mucho, y sobre todo, que amemos mucho para llegar conocerlo a profundidad. Solo con un intenso y extenso uso del amor llegaremos a obtener un sentido para nuestra tan humana existencia.