Relato autobiográfico, escrito poco tiempo después de recibir el premio Nobel, en 1929.
Nacido en Lubeck, en 1875,
fue la suya una “infancia mimada y feliz”. Vivían en una casa elegante y su padre tenía un importante negocio de cereales. La escuela y el servicio militar lo aburrieron.
Su padre murió relativamente joven y su empresa fue disuelta. Terminados sus estudios, se fue a Munich. Y, allí, “llevando en mi corazón la palabra
provisionalmente ingresé como meritorio en una compañía de seguros contra incendios”. A escondidas, escribió su primer
relato,
La Caída.
Entretanto Heinrich, su hermano mayor, después escritor, le propuso que se reuniera con él en Roma, donde vivía “a la espera”. La madre les entregaba una buena cantidad de dinero. Mientras su hermano pintaba, él devoraba literatura rusa y escandinava; y escribía, “con la seguridad de tener talentos latentes”. Allí empezó
Los Buddenbrooks, lentamente, sin hacerse ilusiones.
Cuando volvió a Munich, el manuscrito había crecido inquietantemente. Entró a trabajar en una editorial como lector y corrector. Por aquellos días leyó apasionadamente a Nietzsche y Shopenhauer.
Los Buddenbrooks quedó terminada en los primeros meses del siglo, “después de dos años y medio de
trabajo frecuentemente interrumpido”. El comienzo del libro fue difícil. Pero después de unas críticas desfavorables, se empezó a oír que había dado en el blanco.
“Fui arrastrado por un torbellino de éxito, como sólo he vuelto a vivirlo en dos ocasiones: al cumplir los 50 años y, ahora, al serme concedido el premio Nobel”.
Después escribió Fiorenza, una obra de teatro “poco teatral”, en la que incorporó muchas de las sensaciones y sentimientos de aquellos días. Y a ésta siguió un volumen de novelas cortas, entre las cuales
Tonio Kruger es “la más próxima a mi corazón”.
El éxito de su novela produjo muchos cambios en su vida. Aquello que había estado esperando estaba llegando. Empezó a aparecer por salones muniqueses. Consiguió una novia “como de cuento de hadas”, y se casó en febrero de 1905.
En 1908 se suicidó Carla, su hermana. Unos años después hizo lo mismo Julia, la mayor. Tratando de entenderlas, dice: “parece que el amor con que nuestra madre nos concibió y alimentó ha dotado mejor a los hijos que a las hijas para afrontar la vida”.
Tras acabar
Alteza Real, su primera producción conyugal, empezó
Las Confesiones Del Estafador Felix Krull. Pero interrumpió su trabajo en 1911, para escribir
Muerte En Venecia, concebida de una manera poco ambiciosa, “como una improvisación a la que podría darle fin con rapidez”. Entre el público alemán, “que sólo aprecia lo grave y lo serio”, esta obra produjo muy buena impresión.
En 1912, su mujer contrajo una afección pulmonar y tuvo que pasar varios meses interna en Davos, en las montañas de Suiza. Visitándola, por un período de dos semanas, concibió una novela corta, probablemente cómica. Y empezó a trabajar en ese sentido. Pero pronto se dio cuenta de que la historia tenía su fuerza propia. Estamos hablando de
La Montaña Mágica. Nos dice que, por fortuna para esta obra, la guerra lo obligó a hacer una revisión general de sus principios en
Consideraciones De Un Apolítico. Los días que precedieron a la catástrofe mundial, “aquellos días capaces de hacer saltar los nervios”, los pasó con su familia en su retiro de Tolz. Lo que ocurría en Alemania y en el mundo, lo comprendió cuando acompañaba a su hermano menor, que marchaba al frente como artillero. “Yo recorrí aquel difícil camino juntamente con mi pueblo; las etapas de mis vivencias fueron las suyas; pienso que fue mejor así”. Su trabajo como prosista se interrumpió. Escribió un artículo,
Federico Y La Gran Coalición. Y siguió con Las Consideraciones..., “una lucha desesperada por abrirme camino en medio de la maleza”. Dice que jamás había emprendido untrabajo tan personal. “Yo me debatía solo con mi tormento”.
Las Consideraciones... se publicaron en 1918, el momento de la derrota y de la revolución. “Pero en realidad era el momento oportuno”.
Después escribió
Señor Y Perro, que en Inglaterra gustó mucho, gracias a su excelente traducción. La escritura de
La Montaña Mágica empezó a moverse nuevamente. Pero la interrumpió con la escritura de algunos ensayos, muy vinculados con la novela. Fue en el otoño de 1924, “después de innumerables peripecias y obstáculos”, cuando por fin apareció la novela, que lo tuvo ocupado 12 años. Y el primer sorprendido por su éxito fue él.
Poco después de su publicación, un amigo le llevó unos dibujos que representaban la historia de José, el hijo de Jacob, y le pidió que le escribiese algunas frases introductorias para su obra. “Dispuesto a medias a hacer aquel favor, tomé la Biblia y leí aquel mito seductor, del que Goethe dijo que parecía muy corto y uno se siente llamado a completar los detalles”. Poco tiempo después comprendió que el tema, además de fascinante, se acomodaba perfectamente a su edad, a la época y a su mismo desarrollo como escritor. Y como le había sucedido otras veces, proyectó una novela corta. “¡La vieja canción!”
En unas vacaciones, para descansar del
José, escribió
Mario Y El Mago.
A propósito del premio nos dice que habiendo entrado en forma totalmente pública de una suma grande, “una necesidad de mil cabezas alarga las manos hacia ese dinero”.
Termina el relato contándonos que está preparando un viaje a Egipto y Palestina, lugares donde se desarrolla su novela.