AMOR POR LOS LIBROS.POR: PABLO NICOLI SEGURACuando recorro mi casa me encuentro con todo tipo de objetos, unos más vistosos
que otros, algunos fuera de lo común, otros sin ninguna importancia; pero de todo lo que veo, nada se compara a la contemplación de mis libros.Los libros para mi no son un objeto más en el hogar, en la sala o el cuarto, no es un objeto frío como otros que contemplo a diario y que de tanto verlos ya no me provocan impresiones, sino todo lo contrario, al pasar junto a un libro o a muchos de ellos, tengo la sensación de que se trata de seres con conciencia propia, incluso están más presentes para mi que las plantas mismas que afanosamente cuida mi esposa. Al pasar junto a un libro es como si una voz me llamara y me dijera: ¡he tú, ábreme en esta página¡ ¡Aquí hay algo interesante para ti! ¡Mira este gravado espectacular! Será por esto que cuando mi esposa cambia de lugar un libro que dejé hace un minuto, unas horas o hace unos días sobre mi escritorio o en la misma
biblioteca; pero fuera de su lugar, llegó a la desesperación (especialmente si no lo encuentro con facilidad) al punto de sentir que me han quitado algo vital en mi entorno, que me han robado.Cuando contemplo un libro antiguo: con tapas primorosamente decoradas, muchas veces descoloridas, el lomo maltratado, las hojas amarillentas, la tinta opaca, quizás con alguna incrustación de metal, un título curioso, me parece estar frente a un anciano lleno de conocimientos olvidados, de una persona que se hizo de incontables amigos que lo apreciaron y que hoy yo conservo a mi lado; le hago compañía.Los libros además tienen por si solos, como objetos que son, una rara estética en sus colores y formas. Un libro sobre una mesa, junto a una lámpara, con algún objeto decorativo –un cuadro en la pared por ejemplo- llena la vista y da una sensación que promueve el deseo de lo romántico y para el artista, el ansia de crear.Cuando yo era un niño tenía muchos libros grises, o los había también de colores vivos e intensos; en ambos casos conservo gratas y maravillosas sensaciones.Oler la humedad de un libro que estuvo guardado muchos años nos hace retroceder en el tiempo, recordar la niñez, la biblioteca de los abuelos y nos hace pensar si aquella esencia peculiar no será propia de los personajes emparedados en las viejas páginas y en el tiempo. Aspirar el olor de un libro nuevo cuya tinta aún está fresca es una droga aromática que embota nuestro cerebro.Hay pocas cosas que se comparan a pasar la mano por sobre el lomo de un libro, por sobre su tapa, sus páginas, palpar las hojas en relieve, quizás rugosas o finas y suaves como las de una Biblia, recorrer sus bordes, acariciarlo, sentir su peso, pocos objetos tienen la atracción que provocan los libros.Los hay cuyas tapas rezan cosas como: Cada escritor tiene su mundo. Conozcamos todos los mundos a través de todos los libros. Cada libro es una puerta a cada mundo.¿Cuando te roban un libro que atesoraste y luego –por la providencia- consigues otro de iguales características –no el mismo-, es en verdad recuperar el mismo amor, la paz quebrantada? Creo que la respuesta tiene muchas aristas y sólo los resumiremos en dos reflexiones. Algunas veces uno queda más o menos conforme con haber recuperado el título faltante; porque lo que nos importaba era sólo la información básica. Otras, el nuevo libro no es el mismo que te regaló tu padre o que te acompañó en la soledad de la casa profunda y que tuviste por siempre en la biblioteca, o que salvaste de morir en la hoguera de la ignorancia de tu vecino o que pintaste –inocentemente- cuando eras aún un niño, o que manchaste sin querer con café o que quemaste con el cigarro. De esos libros es que hablo cuando pienso que nada los reemplazará, nunca jamás, como diría el Cuervo de Poe. A mi me ha sucedido que recuperé un libro que me
robaron varios años antes, o uno que vendí hacía muchos tiempo, o que volví a leer otro que si bien no era el que yo tuve primigeniamente,poseía información valiosa que anhelaba volver a degustar desde la edad escolar. Incluso alguna vez encontré un libro –en un negocio de segunda mano- en cuya última página estaba anotado un teléfono que casi si ya había olvidado: era el de la familia, el de la casa de mis padres. Me ha sucedido que un amigo compró un libro que alguna vez me robaron y me lo vino a ofrecer en venta. Libros que reconocí míos por una forma de forrar particular, o por una encuadernación que yo mismo mandé a hacer. Me ha sucedido que habiendo encontrado un libro que me robaron, no me quedó sino contemplarlo, tocarlo un poco y volverlo a dejar en su sitio, pues no tenía dinero para comprarlo, ni forma de demostrar que alguna vez fue hijo mío. Hay miles de cosas más por decir sobre los libros, pero en cualquier caso siempre será mejor leerlos o escribirlos; relacionarnos con ellos y apreciarlos en la justa medida de nuestras emociones y de nuestras maravillosas locuras.