Estrategias éticas para salvar.
El mundo de hoy experimenta una conmoción que genera una crisis
que demanda a la educación no sólo acciones urgentes y eficaces en su política sino ante todo estrategias éticas que salven la dignidad humana de los sinsentidos de la posmodernidad y garanticen una verdadera formación integral en las nuevas generaciones.
Resulta iluso negar el desarrollo biofísico de la persona, la importancia de la comunidad educativa, el reconocimiento de la activa participación del estudiante en el proceso de su formación, la asimilación de las competencias comunicativas, el razonamiento lógico y analítico, pero es una estulticia mayor no sentir la necesidad de permear toda la práctica pedagógica con valores humanos que protejan al ser humano de los virus que emergen del nihilismo y el egoísmo.
Si se observan atentamente los cambios que causan la incertidumbre e inseguridad (que son las notas características de la cotidianidad de las personas de hoy,
especialmente los estudiantes) se experimenta como ciudadanos, pero especialmente como educadores comprometidos, esa sed de valores éticos y humanos.
El punto de partida para responder a ese desafío lo constituye el fortalecimiento del ámbito afectivo en la escuela ante la carencia de amor en la familia. Las condiciones laborales y las relaciones sociales de la vida actual no facilitan la unión y la comprensión entre los miembros del hogar. El común denominador, cuando sobrevienen las crisis familiares y sin importar la naturaleza de éstas, es la separación de los padres. A ésta sigue el manifiesto deterioro de la identidad personal de los hijos. Es aquí donde se entra, como educador, a favorecer el crecimiento del sentimiento porque sin éste el pensamiento se esteriliza y en síntesis, el estudiante (niño o adolescente) pierde sus ideales y ganas de vivir. El ser humano es bioespiritual y reclama amor en todas las etapas de su vida, pero con mayor urgencia en la niñez y la adolescencia.
La segunda estrategia quedó expresada, ya hace más de diez años, en libro de mi autoría, Reflexiones para un Buen Día, (impreso en México para todos los países de habla hispana) . Ahora, para evidenciarla, sólo basta con insertar aquellas palabras: 'Los niños son la primavera de la humanidad. Sobre sus tiernas espaldas los hombres ponen sus esperanzas y tradiciones. Pero olvidan los mismos hombres que los niños viven en un estado de ensoñación, que difícil es para ellos responsabilizarse del futuro sin un ejemplo palpable de amor y fe de sus mayores'. Y en otra reflexión: 'Para envejecer feliz es necesario que el hombre aprenda desde la más tierna infancia el valor del trabajo, las virtudes que
enaltecen y la importancia de la risa. Así el hombre trabajará con tenacidad y constancia para servir a los demás y no para acumular riquezas. Practicará la virtud, no por temor al suplicio eterno, sino por su afán de ser mejor cada día. Y reirá, aún frente al infortunio, porque la esperanza lo acompañará'.
La tercera es enseñar, mediante el ejemplo, aquellos valores o virtudes que enaltecen y que se pueden resumir, a manera de lema, en 'verdad, justicia y solidaridad'.
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