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Shvoong Principal>Arte Y Humanidades>Reseña de experiencias pueblerinas

experiencias pueblerinas

Reseña del Libro   por:espiga     Autor : José Luis Pérez Perales
ª
 
ESTAMPA


La gran experiencia


El clima se contempla terroso y frío al iniciar el día. No

es un día común, sino especial. Los campesinos, vestidos

de manta con pañuelos rojos y sombreros de paja, se

disponen a la pizca del fríjol y del maíz, que les traerá

menos preocupaciones en los meses venideros.


En la comunidad Hacienda de Guadalupe, del Municipio

de General Cepeda, Coahuila. Se ve a las mujeres en las

puertas despidiendo con el lonche a los hombres de la casa.

El motivo de esta alegría, es que ha llegado el tiempo de

la cosecha y la abundancia. También de la convivencia que

tendrán con el grupo de jóvenes que han llegado a la

comunidad.


El lugar del hospedaje, una casa grande. Donde antes

fue “La Hacienda de los Grandes Señores” que más que una

casa, parece un galerón descuidado y tenebroso que con el

tiempo se fue deteriorando. Formé parte de este grupo

aventurero, dispuestos a involucrarnos en esta experiencia

campesina y desde luego, a dejar la semilla de la fe.


Al llegar al lugar, contemplo una casona abandonada,

con fachada de buen adobe, carcomido por el tiempo, la

lluvia y los climas extremosos del lugar, que han dejado en

ella grandes huellas. La veo despintada y parchada. Al

centro una gran puerta gruesa de madera, creo que de roble.

Con figuras talladas, que me parecen dibujos desfigurados,

mutilados y deformes del tiempo barroco, con ventanales

alargados en cada extremo.


Entrando por la puerta principal, al fondo, se ve un

cuartucho con el techo semicaído y una puerta de metal

oxidado de principios del siglo pasado y al frente, lo que

fue un gran jardín que según albergó grandes flores como

girasoles y rosas de diferentes colores, rodeado de ficus o

truenos que le daban una vista espectacular, digna de

envidiar. Pero que hoy, luce triste y abandonada. En el

pasillo central, al frente, en la parte de arriba, se

contempla un cuadro viejo de una pintura de frutas,

manchado de excremento de pájaros que revolotean y que han

hecho sus nidos. Que entran y salen como si fuera su casa.

Sobresale el piso de barro rojizo. Que en su tiempo lució

bañado de cera que daba un aspecto elegante y fino.

Pero que de eso nada queda; continua como un camino en el

zaguán de la casona.


En la parte lateral derecha se contempla una puerta

rasgada color café, con protecciones de hierro en forma de

espiral en cada una de sus dos ventanas. Con los vidrios

quebrados y su manivela floja que al entrar, se escucha el

rechinar de las bisagras pidiendo a gritos una lubricada.

Es una habitación, seguida de cinco más. Que serán

ocupadas por los jóvenes, que entusiastas nos disponemos a

limpiar y acondicionar.


El primer cuarto contiene una cama grande, con un

colchón colgado por el exceso de uso y el paso de los años.

Una cabecera garigoleada, con motas de plomo que en su

tiempo lucieron como adornos y que hoy parecen ramas secas

y descarapeladas, como cansadas de sostener las diez tablas

y el colchón. Arriba de la cabecera cuelga un cristo

crucificado, suspendido de un clavo de cabeza grande que

pareciera estar observando el pasar de los años y a los

nuevos invitados.


En la parte derecha del interior del cuarto, está la

ventana que mira hacia la calle. Es testigo de todo lo que

se mueve a fuera. Las puertas se abren hacia dentro, con

una base de cemento que simula un espacio de descanso. Al

final, unos delgados tubos que sirven de protección. En el

extremo izquierdo se ve una cajonera guarda ropa que luce

sucia y llena de tierra. Es de madera. Retocada de barniz.

Encima de ella, una lámpara descompuesta. A su lado un

candelabro de bronce que sostiene una vella escurrida, que

es la luz por la noche. A un lado, el espacio vacío donde

un día hubo una puerta que deja ver cuatro cuartos más.

Quizá en las mismas condiciones. Eso es lo que ofrece la

comunidad a este grupo de jóvenes. Que después de un mes

retornaron a la ciudad, contando maravillas del lugar y

guardando en sus vidas una experiencia más de todo lo que

dejaron y vieron.






José Luis Pérez Perales
Publicado el: 13 octubre, 2005   
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