experiencias pueblerinas
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Publicado el: octubre 13, 2005
ESTAMPA
La gran experiencia
El clima se contempla terroso y frío al iniciar el día. No
es un día común, sino especial. Los campesinos, vestidos
de manta con pañuelos rojos y sombreros de paja, se
disponen a la pizca del fríjol y del maíz, que les traerá
menos preocupaciones en los meses venideros.
En la comunidad Hacienda de Guadalupe, del Municipio
de General Cepeda, Coahuila. Se ve a las mujeres en las
puertas despidiendo con el lonche a los hombres de la casa.
El motivo de esta alegría, es que ha llegado el tiempo de
la cosecha y la abundancia. También de la convivencia que
tendrán con el grupo de jóvenes que han llegado a la
comunidad.
El lugar del hospedaje, una casa grande. Donde antes
fue “La Hacienda de los Grandes Señores” que más que una
casa, parece un galerón descuidado y tenebroso que con el
tiempo se fue deteriorando. Formé parte de este grupo
aventurero, dispuestos a involucrarnos en esta experiencia
campesina y desde luego, a dejar la semilla de la fe.
Al llegar al lugar, contemplo una casona abandonada,
con fachada de buen adobe, carcomido por el tiempo, la
lluvia y los climas extremosos del lugar, que han dejado en
ella grandes huellas. La veo despintada y parchada. Al
centro una gran puerta gruesa de madera, creo que de roble.
Con figuras talladas, que me parecen dibujos desfigurados,
mutilados y deformes del tiempo barroco, con ventanales
alargados en cada extremo.
Entrando por la puerta principal, al fondo, se ve un
cuartucho con el techo semicaído y una puerta de metal
oxidado de principios del siglo pasado y al frente, lo que
fue un gran jardín que según albergó grandes flores como
girasoles y rosas de diferentes colores, rodeado de ficus o
truenos que le daban una vista espectacular, digna de
envidiar. Pero que hoy, luce triste y abandonada. En el
pasillo central, al frente, en la parte de arriba, se
contempla un cuadro viejo de una pintura de frutas,
manchado de excremento de pájaros que revolotean y que han
hecho sus nidos. Que entran y salen como si fuera su casa.
Sobresale el piso de barro rojizo. Que en su tiempo lució
bañado de cera que daba un aspecto elegante y fino.
Pero que de eso nada queda; continua como un camino en el
zaguán de la casona.
En la parte lateral derecha se contempla una puerta
rasgada color café, con protecciones de hierro en forma de
espiral en cada una de sus dos ventanas. Con los vidrios
quebrados y su manivela floja que al entrar, se escucha el
rechinar de las bisagras pidiendo a gritos una lubricada.
Es una habitación, seguida de cinco más. Que serán
ocupadas por los jóvenes, que entusiastas nos disponemos a
limpiar y acondicionar.
El primer cuarto contiene una cama grande, con un
colchón colgado por el exceso de uso y el paso de los años.
Una cabecera garigoleada, con motas de plomo que en su
tiempo lucieron como adornos y que hoy parecen ramas secas
y descarapeladas, como cansadas de sostener las diez tablas
y el colchón. Arriba de la cabecera cuelga un cristo
crucificado, suspendido de un clavo de cabeza grande que
pareciera estar observando el pasar de los años y a los
nuevos invitados.
En la parte derecha del interior del cuarto, está la
ventana que mira hacia la calle. Es testigo de todo lo que
se mueve a fuera. Las puertas se abren hacia dentro, con
una base de cemento que simula un espacio de descanso. Al
final, unos delgados tubos que sirven de protección. En el
extremo izquierdo se ve una cajonera guarda ropa que luce
sucia y llena de tierra. Es de madera. Retocada de barniz.
Encima de ella, una lámpara descompuesta. A su lado un
candelabro de bronce que sostiene una vella escurrida, que
es la luz por la noche. A un lado, el espacio vacío donde
un día hubo una puerta que deja ver cuatro cuartos más.
Quizá en las mismas condiciones. Eso es lo que ofrece la
comunidad a este grupo de jóvenes. Que después de un mes
retornaron a la ciudad, contando maravillas del lugar y
guardando en sus vidas una experiencia más de todo lo que
dejaron y vieron.
José Luis Pérez Perales