Hoy más que nunca, podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que pertenecemos a la era de la complejidad y la incertidumbre
(S. Paniker). Las barreras que antaño nos recluían en celdas sociales, apartados de esperanzas y anhelos han ido cayendo. Los hombres ya no nacen y crecen condicionados por su cuna, y nuestras aspiraciones no se ven limitadas, debido a un bajo estatus social. El hijo de un rico industrial puede terminar arruinado, pidiendo limosna en las sucias calles; a la vez, que el de un humilde sindicalista puede llegar a gobernar un país; o <Por lo menos eso creemos, o nos hacen y han hecho creer, aquellos que ostentan EL PODER>.
Consecuentemente, a menudo y ya desde muy jóvenes, todo lo que somos, tenemos, o la opinión que merecemos a los demás nos parece insuficiente, nos sabe a poco y queremos mas - más gloria y reconocimiento -; sobre todo deseamos sentirnos diferentes al resto de la sociedad. Sin embargo, al levantamos por la mañana, esta nos devuelve a la cruda realidad, arrojándonos a la cara un jarro de agua fría. Nos miramos resignados en el espejo, aborreciendo de nosotros mismos, de lo que somos, <de nuestra vulgaridad>; o mejor dicho, nos afligimos por todo aquello que deseamos, pero nunca llegaremos a ser o alcanzar.
Rotas y sin vigencia casi todas las normas que durante tanto tiempo prestaron contingencia dentro de la sociedad al individuo, ahora, no puede este construirse una dignidad sino extrayéndola del fondo de sí mismo (Gaset) – quizás Confiar en la
voluntad, hacer uso de la imaginación si es necesario para buscar una salida hacia nuevas metas y sueños que poder alcanzar; Pero... cuidado, <la imaginación – igual que el exceso de voluntad - es mala cabalgadura para un hombre sensato>, lo decía Pío Baroja; y no le faltaba razón. Hay ocasiones, en que esas efímeras e inofensivas visiones, plagadas casi siempre, de buenas intenciones, mueven a despertar profundos deseos; exacerbadas pasiones en las personas. Pasiones que lejos de parecernos arriesgadas, lentamente nos seducen; y lo hacen de manera muy singular: tirando de nuestras almas – desoyendo incluso las advertencias -, cuando atisbamos a lo lejos, la posibilidad de ir mas allá; convenciéndonos de poder hacer los sueños realidad. Se trata de verdaderos orgasmos deslumbrantes, de luz delirante y fabuladora, que incitan a mover, a cambiar nuestro modo de ser y pensar; a actuar creyendo que si seguimos adelante lograremos permutar el despreciable
destino al que se dirige nuestra insignificante existencia.
No puede negarse, que el ejercicio mental resulta bastante convincente, para quien se encuentra desilusionado consigo mismo y con su vida. Así, el proceso de catarsis generado, contribuye decididamente al embelesamiento de la conciencia desventurada, consiguiendo trasmutarse finalmente en una orgullosa revelación de principios y objetivos con los que se armará la voluntad y, con los que decididamente nos volcaremos; haciendo frente, como orgullosas falanges de hoplitas, a las eventualidades del mundo que nos rodea.
Pero lo cierto es, que muy pocos intuyen entonces, el enorme coste y sacrificio que supone un precipitado juicio; una determinada elección en esta vida. Y, menos aún, son los que cuentan con la tormenta que mande a pique la anhelada empresa. Pues, No son pocas las ocasiones en que embarcamos nuestra vida en un frágil junco, construido con apenas algo mas que buenas intenciones, sin saber que nos aventuramos a un mar bravío repleto de fracasos y desventuras; una travesía muchas veces malograda de ante mano, por no haber calculado ni previsto todas las dificultades de tan arriesgada singladura.
No pasara mucho tiempo, para cuando la tempestad arrecie; se desaten los problemas y, todo parezca volverse en contra nuestra; solo entonces, nos acordamos de aquellos desestimados consejos, surgirán las primeras dudas, temores y miedos y, durante la nochenos asaltan las terribles pesadillas. Estas, una vez se manifiesten, serán como feroces tigres hambrientos que nos acechen, atormentando y consumiéndonos más que la propia vida. Con ellas se revelan, uno a uno, nuestros peores fantasmas, surgidos como demonios no invocados en la noche oscura; duendes provenientes del subconsciente; de ese “otro yo”, que algunos afirman: todos llevamos dentro y, que disfruta, martillándonos la conciencia; exhortándonos de que quizá, nos hemos equivocado; o lo que es aun peor, recordándonos lo terriblemente absurda, atroz e intolerable en que puede llegar a convertirse la vida.
Por fin, y una vez presa de las redes tejidas por la confusión y la incertidumbre donde deposita sus gérmenes la locura, vemos el futuro de forma muy distinta; sintiéndonos al igual que aquel que tantas veces frecuento la angustia y la duda, dotándola de un nuevo y significativo sentido y, que de manera elocuente, al preguntarse qué le depararía el futuro, comparó sus sensaciones, con las de aquella araña que desde un punto fijo se precipita hacia sus consecuencias, teniendo ante sí siempre un enorme espacio vacío, vacío en el que no encuentra lugar donde apoyarse por mas que patalee; impulsado hacia delante como consecuencia de todo lo que ha quedado detrás. En definitiva, víctima de su propia voluntad, y condenada hacia su inquietante y definitivo destino.