Montaner percibe la articulación de los espacios, ve su escala y su luz, palpa sus texturas, analiza sus detalles constructivos,
comprueba su funcionamiento y verifica su situación en el lugar y en el paisaje. Un poco más allá, en un juicio más distante y posterior, el crítico puede (y debe) hacer una distinción social de la obra entre aquellas que responden a móviles más de especulación y de dominación, y aquellas que surgen como expresión de las necesidades colectivas.
Montaner abre también un promisorio espacio para la reflexión urbanística al asumir la necesidad de redirigir el análisis arquitectónico hacia las estructuras espaciales, ya se entiendan desde criterios tipológicos, compositivos o constructivos. Esto comporta distinguir entre simetría o asimetría, centralidad o dispersión, espacio o antiespacio, isotropía o anisotropía; diferenciar aquellos espacios que están configurados por las superficies de los suelos y techos o aquéllos que están configurados esencialmente por los muros; interpretar cómo la estructura constructiva se relaciona con las cuestiones compositivas y espaciales; dilucidar en la estructura urbana el predominio del lleno o del vacío, de la articulación o la autonomía del objeto.