LA noción de “identidad” es el sustrato mismo que sostuvo y sostiene la
construcción de los nacionalismos -la demarcación
recíproca- y “encuentra su expresión predominante en el campo de la cultura”, dice Alva-Martínez (1996: 43).
En México, el triunfo de la Revolución y la
construcción del actual régimen originaron un fuerte y prolongado movimiento cultural en pro de un nacionalismo mexicano, de una identidad propia (valga la redundancia) como forma de liberación del pasado colonial y baluarte ideológico frente al expansionismo de los Estados imperialistas, particularmente de los E.U.A.
En la
arquitectura, particularmente en la arquitectura mexicana, el peso de la identidad nacional, su búsqueda obsesiva durante muchas décadas, ha sido determinante en su historia y más aún en el siglo XX, cuando la producción arquitectónica se dio en una clara simbiosis con el Estado post revolucionario y sus distintas etapas, como lo demuestra Alva-Martínez en el texto arriba citado.