El año 1941 el
conflicto entre Perú y Ecuador por un diferendo limítrofe, llevó a ambos países hasta la confrontación armada.
Las operaciones bélicas desarrolladas en la frontera terrestre por el Ejército y la Aviación peruanos le dieron la supremacía en la contienda. El rol de la Marina de Guerra apoyando las acciones terrestres no había sido hasta ahora suficientemente evaluado. Hoy, este trabajo objetivo y riguroso confronta fuentes primarias y acude a los testigos presenciales, para darnos darnos una visión precisa del rol contundente de la Marina para el éxito de las operaciones, y nos permite también reconstruir los acontecimientos para apreciar la problemática logística, el planeamiento, las operaciones y los enfrentamientos que tuvieron los marinos tanto en el teatro de operaciones Norte como en el teatro de operaciones Nor Oriente.
Los antecedentes del
conflicto se remiten al diferendo sobre fronteras entre el Perú y el Ecuador. Desde comienzos del siglo XX se venía buscando un arreglo satisfactorio para ambas partes. Se había solicitado el arbitraje del rey de España, pero finalmente el monarca se inhibió de intervenir en noviembre de 1910. Las negociaciones continuaron en la vía diplomática, aunque en la práctica perseveraba la tensión a ambos lados de la frontera, con denuncias de ambas partes sobre infiltraciones en territorio vecino. El año 1940 se agudizaron los problemas. Ante una permanente actitud de hostilidad ecuatoriana, se tomaron medidas para una posible agresión militar, para lo cual se creó el Agrupamiento del Norte. A la Armada se le encomendaron dos tareas generales: la acción local con la Flotilla de Patrulleras en la zona fronteriza de los esteros del departamento de Tumbes, y el uso de las unidades de la escuadra para asegurar la libre navegación y, en caso de llegar a una actuación ofensiva, interceptar las comunicaciones marítimas de la provincia de El Oro con Guayaquil, bloqueando el litoral ecuatoriano. En la práctica las tareas que cumplió la Marina fueron más amplias y se proyectaron también a la región amazónica.
Las hostilidades se iniciaron el 5 de julio, cuando, según la versión ecuatoriana, civiles peruanos cruzaron la frontera entre Huaquillas y Chacras, batiéndose a tiros con la patrulla ecuatoriana. La versión peruana indicaba que ese día las fuerzas ecuatorianas habían atacado los puestos peruanos de Aguas Verdes, Pocitos, Las Palmas y Lechugal, siendo repelidas por las peruanas. Prosiguieron las hostilidades cuando las tropas ecuatorianas atacaron la guarnición de El Lechugal. Ante ello, el mando del Agrupamiento Norte inició el día 23 una acción ofensiva a gran escala en un frente de 50 km, la Batalla de Zarumilla, acción decisiva por sus resultados estratégicos a favor del Perú, en la que el Ejército y el Cuerpo Aéreo tuvieron un rol protagónico, pero que las fuerzas navales peruanas, en el ámbito marítimo y fluvial consolidaron cortando las comunicaciones y las rutas de reabastecimiento en los puestos fronterizos de la zona de los Esteros, así como desalojando tropas invasoras del territorio amazónico peruano. Este trabajo se centra precisamente en estas acciones y su repercusión en los resultados finales de la campaña.
De la comparación de fuerzas navales el Perú emerge largamente superior, haciéndose evidente la formación de la Misión Naval Americana, cuya impronta hizo de la Marina peruana una organización ejemplar y moderna. En lo naval la ventaja era ostensiblemente favorable para el Perú.
El área de operaciones de la Armada comprendía tres zonas: el área marítima, que abarcaba el litoral frente al golfo de Guayaquil hasta el puerto de Paita. La zona de los Esteros, asignada a la Flotilla de Patrulleras, zona de canales e islas, con abundante vegetación de mangle. La tercera zona, la Amazonía, de intrincada red fluvial, encomendada a la Flotilla de Cañoneras.
En el área marítima, la superioridad de nuestra escuadra permitió un rápido dominio y control de aguas enemigas. Cabe recordar que estábamos en plena Guerra Mundial, por lo que había una presencia permanente de unidades navales en el Norte, de importancia estratégica para los aliados por ser la zona de producción y refinación de petróleo más importante del Pacífico Sur. Sobre la intervención en Jambelí, reclamada por los ecuatorianos como gloriosa acción naval, el autor la reduce a su real intrascendencia; desmitifica los hechos y esclarece que el incidente ocurrido el 25 de julio de ese año, no se trató propiamente de un
combate, sino del encuentro del cañonero ecuatoriano Abdón Calderón con el destructor peruano Villar cuando navegaba hacia el Canal de Jambelí. Un intercambio de disparos, y la huída del Calderón por el estero de Santa Rosa hacia puerto Bolívar, con sus máquinas averiadas fue toda la gloria del encuentro.
Las Patrulleras tuvieron un protagonismo más intenso en los Esteros de Tumbes; a pesar de sus limitaciones cumplió su misión impidiendo el avance ecuatoriano y recuperando territorio. En cuanto a la Flotilla de Cañoneras en el Nororiente, contaba con los elementos necesarios, mientras los ecuatorianos carecían de embarcaciones de valor militar. Nuestra flotilla cumplió apoyando a las tropas peruanas para desalojar las tropas ecuatorianas invasoras del territorio amazónico peruano.
Tenemos al fin una clara exposición de hechos de los que hasta ahora no existía una secuencia ordenada, y vemos con satisfacción que la Marina cumplió su misión a cabalidad, pese a las deficiencias logísticas, o de comunicación, como expone el comandante Rodríguez en sus contundentes y claras conclusiones.