ANUNCIO CLASIFICADO
Cuento
Por Hilda Anaya Sotelo
Don Benito ansiaba encontrar el amor.
Y no buscaba cualquier cosa, exigente el tipo como se vuelve la gente con los años.
Un día hojeando el periódico, se encontró en la sección del amor un anuncio que decía lo siguiente: Señorita distinguida culta de buena familia le gustaría intercambiar correspondencia con un hombre serio culto, no doy mi dirección, pero puede escribirme a mi apartado Postal.
Benito se animó a escribirle a la dama.
Estimada Ernestina, yo soy culto, aunque no soy joven, tengo buenos sentimientos, y no sé que decirle a una persona que no conozco.
Al cabo de unos días llegó la contestación de esa misteriosa dama en un papel muy perfumado.
Y decía: estimado señor yo tampoco le puedo escribir una carta de amor, porque es usted un total desconocido, pero algo tenemos en común, queremos encontrar el verdadero amor, pero aún sin que lo haya yo visto en mi vida, adivino que usted, es culto, aparte de eso un redomado piracón , por lo tanto para no perder el tiempo en tonterías , vayamos directo al grano, ¿le parece bien¡?, por lo que sugiero vernos el fin de semana.
Me muero por conocerlo.
Don Benito estaba entusiasmado.
Y llegó el sábado por la tarde, estrenó su camisa nueva, y se dirigió al café La esperanza muy bañado y perfumado, no le comentó a nadie de su cita secreta, , y no estaba acostumbrado a eso, y estaba un poco nerviosón.
Pasadas de las 8.30 p.m. una viejecita vestida de negro, cubierta desde la cabeza hasta los pies apoyada en un bastoncito, se aproximo a la mesa de Don Benito.
-Buenas tardes le dijo.
Benito como todo un caballero, se alzó del asiento con la educación de un caballero.
-Señora le dijo él- Acaso es que Ernestina no ha pod.. ven...ir.
-Yo soy Ernestina.
-¡Que!, ¡Ah!.
Sonreía placidamente la viejecita, cuya imagen parecía ser sacada de una ilustración de cuento.
Detrás de los gruesos cristales de sus lentes, brillaban alegres unos ojillos, presos en una red de arrugas, tenía sus labios, pintados de rojo,como de muñeca de plástico.
tomo asiento, junto Benito, dejando caer el bastón en la silla más próxima.
- De manera que usted es Benito.
- Así es señora, soy Benito.
- ¡Pues yo soy Ernestina¡
- Mucho gusto señora.
- Señorita- ¡oh perdón, perdón, señorita.
- No se preocupe, añadiendo después.
- Bueno; ¡Pues ya nos conocemos¡
- Y ha sido una verdadera casualidad.
- -¿El que?
- El que leyese el anuncio, vengo poniéndolo desde hace cincuenta años, o séa que el primero se inserto cuando yo apenas tenia veinte. ¡Cosas de chica!, pues como todo se me prohibía en mi casa, fue mi única opción poner un anuncio con un correo postal.
Un golpe de tos le impidió continuar, parecía que se ahogaba. Benito le ofreció un vaso con agua.- No gracias le replicó, me ocurre frecuentemente.
- Debe de cuidarse, aconsejando Benito por decir algo. Y ella contesto -¿Pero cree usted que no me cuido? ¡Pues si no hago otra cosa!. Me paso todo el día tomando medicinas que no me sirven para nada, y es que va haciéndose uno vieja. Aunque modesti
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