Cuando esa mujer se puso los lentes que le permitieran leer los últimos adioses y escribir su último adiós a Ubagesner Chávez
Sosa, recién ahí, los que la estaban mirando se dieron cuenta que era una señora de edad. Tanto era así que ya no conocía a nadie de los que estaban allí. Los conocidos, algunos ya habían muerto, otros eran tan viejitos que no pudieron ir. Ella misma podía no haber estado ahí porque ella también estuvo desaparecida y torturada, como todos los que pasaron por eso, podían estar muertos. Entró a la Universidad, hizo la fila para pasar frente al féretro que contenía esos huesitos que se habían resistido a la cal, él no estaba en el Paraninfo, se lo encontró de sopetón en el descanso de la escalera. Al pasar y doblar a la izquierda se encontró con Marina a la que se animó a saludar y a decirle que había estado presa con su padre, el Flaco, en el cuarto piso. Marina la miró sorprendida y bastante desplicente, desprendida de lo que le quería decir. En ese
momento, se dio cuenta que el Flaco había pasado tanto tiempo con nosotros, en la militancia que, seguramente, no le había dedicado todo el tiempo que Marina hubiera necesitado para ser más sensible.
Treinta y dos años antes, en 1974 habían llegado los
prepotentes genocidas a la casa de soltera de esta mujer. Ella ya no estaba en su dormitorio. Había pasado la noche en la casa de una amiga que vivía muy cerca de su casa. Su madre, Quitita, sí sabía donde estaba su hija. Mintiéndole en varias llamadas telefónicas, bajo el pretexto de que su madre había tenido un accidente, la hicieron ir a su casa. En cuanto abrió la puerta, se dio cuenta que estaba pasando exactamente lo que ella sospechaba. A pesar de la sospecha, ella fue. Ahí estaban los prepotentes muy sentados en el sofá del living de la casa de su madre. En seguida, ella dijo: Ah, sí eran ustedes. Ellos se levantaron y la condujeron ya detenida pero junto a su madre, porque ella hizo hincapié en ir, hasta el lugar que nunca podría sacar de su alma. En ese momento, comenzó el calvario. La madre la tuvo que dejar en la puerta. En ese momento, le pusieron la capucha que le sacarían más.