No una cosa, todas las que la traición atribuye a Judas Iscariote
son falsas”, escribió Thomas de Quincey, el opiómano inglés. Y es cierto que la historia es rara. Para empezar, Judas el gran traidor, era un apóstol: uno de los doce que Jesús había elegido para que lo acompañara noche y día, y guardaran sus palabras. Y es difícil pensar que Jesús, el Dios, pudiera equivocarse tanto en su elección.
El Evangelio de Juan trata de justificarlo diciendo que “esa noche, Satanás entró en el cuerpo de Judas Iscariote”. La explicación es pobre. Tampoco es muy convincente la de Mateo: la codicia. Los 30 denarios de plata que Judas recibió eran el precio, en esos días, de 25 gramos de ungüento de nardo, o de un esclavo muy barato, o del trabajo de un albañil durante un mes – no mas de 400 o 500 pesos convertibles-. Las razones no cierran. Pero lo peor de todo ésto es que, si seguimos el relato apostólico, la traición de Judas era innecesaria.
En los Evangelios, Judas va a ver a los sacerdotes y les ofrece entregarles a su jefe. Pero Jesús no está escondido, se muestra todo el tiempo en público, es fácil de localizar: no es necesario que nadie lo entregue. La traición de Judas es un gesto superfluo, totalmente inútil.
(O un misterio religioso. Para eso sirven, entre tantas otras cosas, las religiones: para explicar lo inexplicable, llenar de su propia lógica lo ilógico. Pero esa vía no nos lleva a ninguna parte.)
Todo depende de cómo imaginemos la “mayor historia jamás contada”, la del judío Jesús. Para eso, el contexto es importante. En esos años, en Israel, solían aparecer profetas que anunciaban la liberación del yugo romano y el reestablecimiento de un reino hebreo – o, incluso, el Reino de los Cielos- , Algunos eran más políticos y otros más místicos, pero casi todos se presentaban como el Mesías – el ungido por el Señor-. Y casi todos predicaban que esa liberación vendría por la vía de las armas – y que el Mesías sería el jefe militar capaz de conducirla-.
Aunque la Iglesia trató de presentar a Jesús como un líder pacifista, los Evangelios están llenos de citas que muestran la tendencia guerrera: “No penséis que he venido a poner paz en la tierra; no vine a poner paz, sino espada”, cita Mateo, 10:34. “Y el que no tenga espada, venda su manto y cómprese una”, recoge Lucas, 22:36 – entre muchas otras-. Los teólogos cristianos se han pasado siglos tratando de explicar que eran metáforas. Pero es mucho más probable que sean los restos de la idea primitiva, que los primeros evangelistas no pudieron expurgar a tiempo. “Haciendo de cuerdas un azote, los arrojó a todos del Templo, con las ovejas y los bueyes: derramó el dinero de los cambistas y derribó las mesas (Juan 2:15)”.
La violencia era, entonces, una de las formas de apresurar la llegada del Reino de los Cielos. Y, sobre todo, el sacrificio. El sacrificio siempre ha sido una pieza básica de la tradición judeo-cristiana y, de ahí, pasó a serlo en la tradición militante, pero esa, pequeño Adams, es otra historia.
Quizá Jesús y sus seguidores – como dicen las versiones evangélicas- realmente creían que Él debía morir sacrificado para acelerar la llegada del Reino de los Cielos. Entonces había que producir ese sacrificio. Había muchas formas posibles: por alguna razón, Jesús decidió que la vía fuera la traición: “Cristo, que disponía de inagotables recursos que sólo maneja un Dios, no necesitaba de Judas. Lo eligió porque quiso”, dice Nils Runeberg en su Cristo y Judas.
“Si (para salvar a los hombres) Dios se había rebajado a ser mortal, Judas podía rebajarse a ser un delator”, sigue diciendo Runeberg. Una delación que no sirve para nada: sería, si acaso, una traición didáctica. Por momentos sospecho que Cristo quería enseñarnos la necesidad de la traición: la traición como verdadero motor de la historia. Es una idea, y sus discípulos la han ap