El mundo cambió; la institución escolar mantuvo rígida su organización. El docente y el alumno, que como personas han asimilado los cambios sociales, se ven obligados a forzar sus personalidades dentro del ámbito escolar por el encorsetamiento del sistema. Sólo liberados de ataduras perimidas el docente y el alumno podrán construir una relación pedagógica que permita ir esbozando el perfil y la función del docente.
Hoy el docente no es persona altamente valorada por sus conocimientos y profesionalidad ni la escuela es respetada como el segundo hogar, cuna del saber. Además, si la familia no puede sostenerse como institución menos podrá apoyar a la escuela. De igual manera, el lugar que antes ofrecía un marco apropiado para el proceso de enseñanza-aprendizaje, hoy es totalmente inadecuado para albergar la enorme cantidad de jóvenes y no presenta las mínimas condiciones pedagógicas para llevar adelante la tarea docente. La sociedad toda se ha vuelto escuela ya que políticos, periodistas, artistas, transeúntes, automovilistas, terroristas, deportistas, drogadictos, traficantes, empresarios, piqueteros, cartoneros, eclesiásticos, instituciones privadas, grandes empresas multinacionales, la televisión, el cine y los comentaristas de todo el planeta educan formal o informalmente a los niños y jóvenes. Además, las certificaciones que sigue otorgando el sistema educativo a sus egresados poco y nada dicen sobre sus saberes y habilidades. ¡Qué pobre y desvalido quedó el docente ante tamaña competencia! Para colmo se lo impulsó (porque es una buena persona) a cumplir funciones de asistencia y contención ante la casi disolución de la familia. También tuvo otro ataque grave: los conocimientos que antes sólo él exhibía luego de arduos años de estudios hoy están mucho más fácilmente al alcance de mucha más gente, incluso de sus alumnos.
Así es que llegamos a una situación muy confusa sobre cuál es el perfil y la función del docente hoy en día. La docencia y, con ella, la educación están en crisis. Esto es, vivimos un momento en el que se produce un cambio muy marcado tanto entre los docentes como en la educación. No es necesario nombrar todas las situaciones que hacen evidente esta crisis. Cualquiera que transite una institución escolar recogerá los signos de la violencia y el fracaso académico y humano en sus aulas y pasillos. Pero, quizás los problemas no sean causados por los cambios en sí, sino que el conflicto se presenta al tratar de ignorarlos y seguir adelante con la rutina escolar superficial.
¿Es pedagógicamente correcto concentrar cerca de 1000 alumnos en un establecimiento?
¿Es posible enseñar y aprender en un aula con 40 alumnos? ¿Puede el docente en esas condiciones atender la diversidad, señalar el error y procurar su corrección como forma de enseñanza?
¿Por qué se sigue manteniendo el horario como centro de la organización de una escuela?
¿Por qué todos los alumnos deben tener la misma cantidad de horas de las distintas materias?
¿Por qué los alumnos deben tener un solo profesor en cada materia impuesto por la organización?
¿Por qué todos los alumnos comienzan el mismo día y terminan el mismo día las clases?
¿Por qué los docentes debemos ceñirnos a un listado de temas uniforme?
¿Por qué hay horarios rígidos para aprender y enseñar cada materia?
¿Por qué, de hecho, hay materias importantes y otras que no lo son tanto?
¿Por qué los docentes deben lidiar con los alumnos que no quieren aprender?
¿Por qué los docentes deben contemplar los casos en los que los alumnos no tienen los elementos necesarios para aprender?
¿Por qué no responsabilizar penalmente a los padres por los incumplimientos de los hijos?
¿Por qué, básicamente, los programas son iguales para todas las escuelas y todos los alumnos?
¿Es lo mismo una clase de matemática o física que una de historia o geografía o una de lengua o plástica? .