El 23 de Agosto de 1,939, previo al inicio de la segunda guerra mundial, cuya declaración se produjera el 1 de setiembre
de ese año, los rusos, temerosos de un cruento ataque a su país, deciden confiar en Hitler y firman un pacto de no agresión con los alemanes. Este pacto incluía el respeto de ambos países en la inminente guerra que se desataría y la neutralidad de Rusia a la vislumbrada acometida alemana a sus vecinos. La filosofía de Hitler, que podría resumirse en las expresiones del Dr. Paul J. Goebbels, su Ministro de Propaganda, quien refería que hay que decir una
mentira 1,000 veces hasta convertirla en verdad, aunada al famoso “miente miente, que algo queda”, seguramente, no fue entendida a cabalidad por los Rusos, por que, en Junio de 1,941, el Fuhrer atacó de manera inclemente y despiadada, el territorio soviético, exonerándose de las promesas y compromisos firmados, desconociendo todos pactos y ofrecimientos antelados.
Los alemanes, iniciaron su campaña en verano, por lo que sus fuerzas no fueron equipadas para combatir bajo el inclemente frío de invierno. Estimaba Hitler que en dos meses acabaría con el ejército ruso, al que, con criterio errado, subestimaba. El domingo 22 de junio de 1,941, a las 3:15 de la madrugada, de noche, como se hacen todas las cosas malas y traicionando palabras, pactos y promesas, y ante la sorpresa de los confiados soviéticos, invadió Rusia. Los alemanes movilizaron más de 4 millones de soldados, 3,700 tanques y 3,600 aviones, en lo que se ha convertido en la operación terrestre más grande de la historia. La Operación Barba Roja. Esta tenaz contienda va a manifestar marcados episodios de heroísmo, arrojo y tenacidad, como el famoso Sitio a Leningrado, donde murieran, por el hambre, el frío y los bombarderos más de dos millones de personas. Los rusos no se rendirían fácilmente. Opondrían una férrea resistencia y multiplicarían por cientos sus actos de valentía.
La victoria no cabe en las manos infames de los traidores y la historia, que refrenda esta certeza, da la razón. Pasados cuatro años de lucha y muertos más de 29 millones de rusos, 18 millones de ellos, población civil, “el general invierno”, el intenso frío al que Hitler no le confirió una mayor importancia, colaboró con los rusos y ambos lograron vencer la tiranía y ambición alemana, cuyas bajas sumaron más de 4 millones de soldados.
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Uno de los mayores peligros que puede exponer un ser humano, en la relación social que establece con su entorno, es la inconsecuencia con sus actos, el incumplimiento de la palabra empeñada o sencillamente desconocer las normas, compromisos o lo prometido. Las naciones, sociedades, países, organizaciones e individuos, basan la relación que establecen en la confianza. La confianza es el eje central de la creencia, la certeza y la verdad. No existe nada peor para esa credibilidad que la de incumplir con la palabra que se brinda. Un trabajador que cumple con lo comprometido, que respeta las normas establecidas y asume puntualmente con sus responsabilidades y tareas o un empleador puntual en el otorgamiento de los beneficios y pagos cumplidor ferviente y exacto de las leyes y los mandatos, son ejemplos claros que refrendan no sólo el honor del cumplimiento sino también la ética que los involucra.
La fuerza de la palabra empeñada es la verdad insuperable de los seres humanos. La mentira constriñe y atenaza, limita y encierra al hombre en una insostenible mediocridad. La mentira, como dicen, tiene piernas cortas, y por más que corra siempre se le atrapa. Contrariar a la palabra empeñada es mentir, es negarse en la convicción de persona cabal. El incumplimiento de la palabra, tarde o temprano, como las piernas de la mentira, se atrapa. Ser infiel, desleal o felón trae las consecuencias en el tiempo. Un tiempo que por escaso siempre llega. El compromiso va ligado con la responsabilidad, uno no puede comprometerse a hacer algo que no quiere, pero debe querer aquello en lo que se compromete. El compromiso es voluntario, surge de un beneficio que tenemos de darlo, pero una vez expuesto pierde el carácter de voluntad, convirtiéndose en obligatorio. Una obligación que pasa de las personas con quien nos comprometimos a una obligación con nosotros
mismos. De manera que, si no cumplimos lo que prometemos, a través de los acuerdos o la palabra, incumplimos con nosotros mismos. Impulsemos el cumplimiento de lo ofrecido, a partir del ejemplo, a partir de entender que este compromiso ético con nosotros mismos, será patrón generador de cambios multiplicables que derivaran en una disciplina personal, cuya exteriorización será modelo para un cambio generalizado.