Cuando el joven le preguntó a aquel anciano que se preciaba de filosofar y entender la vida, el por qué de la gente que cae
en la
mediocridad y no aspira a la posibilidad del éxito, crecimiento y desarrollo, no esperaba que la respuesta a su inquietante pregunta fuera, “sígueme te lo mostrare”. Llevándolo hasta una chacra en la que había una covacha, una pequeña chabola construida de cartones y esteras, que era habitada por seis
personas. Un cuartucho donde la suciedad y el desorden eran el signo más saltante. Observaron de lejos, los harapos que vestían las personas que vivían dentro. Vieron la suciedad en sus cuerpos, utensilios y ropa. Esta es la mediocridad, le refirió el maestro. Pero, ¿crees que aquellas personas, no tienen las mismas posibilidades que las demás, para vivir la vida con dignidad y abundancia? Si, la tienen. Ven, acércate.
Fue así como el maestro lo llevó a la parte posterior de la choza. Ahí le mostró una vaca que pastaba complaciente y con abundante forraje. Ves este animal, dijo el maestro. Es su lastre, limitación y excusa. Los vecinos creen que es su bendición por que les provee de leche y pudieron obtener dinero con la venta de sus crías. A ellos, les da la sensación de no ser pobres y tener para comer, cuando, como vemos, viven en la miseria. En realidad esta vaca es la cadena que los tiene atados a una vida de conformismo y mediocridad. Es la excusa que les impide desarrollarse, crecer y hacerse grandes. Acto seguido, el anciano pidió al muchacho retirarse lejos y esperar la llegada de la noche. En la penumbra de la oscuridad, caminaron a la parte posterior de la choza. Acercándose al animal y con una celeridad inusual, el maestro extrajo de entre sus ropas, un filudo cuchillo y sin más explicación, ante el asombro del joven muchacho, corto, profundamente, el cuello de la vaca, clavándole luego el puñal, a la altura del corazón. Dando un terrible mugido, la vaca cayó desplomada.
Fue luego de un año que el maestro le pidió al muchacho retornar a la chacra de la desvencijada cabaña. Caminaron por los mismos parajes pero, para sorpresa del novel muchacho, no hallaron la casucha. En su lugar había una vivienda de cemento, construida en dos pisos, la gente que la moraba destilaba pulcritud y limpieza, incluso una camioneta se instalaba en el frontis. El muchacho, adelantándose al maestro, corrió a indagar con el jefe de la familia, que en ese momento salía de la casa, acerca de este cambio. Si, le respondió, somos los mismos. Una mañana al levantarnos, encontramos que nuestro único recurso para la subsistencia, había sido degollado, seguramente por unos pillos, a lo mejor por la envidia que les inspirábamos. Nos vimos en la desesperación al notar que no tendríamos como alimentarnos. Sin embargo, también nos dimos cuenta que la tierra donde sembrábamos el forraje para la vaca, la podríamos reconvertir en productos para poder comer. Eso hicimos. Como siempre quedaba un excedente, decidimos venderlo en el mercado. Luego, uno de mis hijos encontró que mejorando las semillas, mejoraría el producto y podíamos venderlo a mayor precio. Con el producto de esta venta, tecnificamos al menor y este nos enseñó que podríamos, agregándole valor, conseguir mayor precio. En esas estamos, joven. Ha pasado recién un año y hemos avanzado mucho. Pero nuestros planes son inmensos.
Refiere Camilo Cruz que, al igual que la vaca del relato, las personas inventamos excusas para pretender explicar los motivos por los cuales no hemos hecho aquello que deseamos hacer. Son los miedos o los pensamientos irracionales, la vaca, representa nuestros temores a realizar cambios profundos que den a nuestra vida la posibilidad del anhelado éxito. La vaca es la disculpa, la excusa, la forma más común y cómoda de eludir nuestras responsabilidades justificando la innecesaria mediocridad en la que nos desenvolvemos. No tuve posibilidades de educarme. Mis padres no me asistieron, mi esposa no me ayuda, este país no apoyaa los empresarios, el problema es la economía, no tengo alguien que me motive, odio este trabajo pero siquiera tengo alguno, al menos no me falta comida, debería aceptar que no soy tan inteligente, mi papá también era alcohólico, para que tanto dinero, los ricos son infelices. Son los ejemplos que el autor citado pone como “vacas” limitantes de un desarrollo que, al margen de merecernos, tenemos la capacidad y posibilidad de lograrnos.
Los seres humanos, son los únicos en este planeta que pueden modificar su destino y cambiar sus circunstancias. Poseen la capacidad, habilidad y sagacidad para hacerlo. Ningún animal puede modificar las adversidades de la naturaleza, ni mucho menos proveerse satisfacciones, comodidades, confort, prosperidad o lujos. El hombre no está atado a ningún destino o consecuencia. Se impone barreras y cadenas mentales que le impiden los logros que puede conseguir. Ser mediocre implica haberse limitado a partir de un convencimiento innecesario. El éxito exige grandes sacrificios. Las creencias limitantes que nos generamos, son la propuesta que se hacía esta familia, a partir de entender que sólo debería subsistir de lo que le brindaba el animal, modificando esta estructura surge el cambio y de ello el éxito.