El autor nos dice que la obra de arte ha sido siempre susceptible de
reproducción. La reproducción técnica es algo “nuevo”
que se da en la historia intermitentemente: la xilografía reproduce un dibujo, la imprenta a la literatura, también la fotografía, el cine. Pero aún en la mejor
reproducción no se puede reproducir el momento en que es creada la obra de arte, que es lo que le da su autenticidad. Antes, una obra de arte no era auténtica en el momento de hacerla, sino con el transcurso del tiempo. Las reproducciones cambian la circunstancia de la obra. Al convertirse en masiva pierde la tradición y lo irrepetible, pero le otorga actualidad al acercarla al público. El autor plantea que con el transcurso del tiempo se han modificado el modo y la manera de la percepción sensorial. Donde más se ha notado es en el cine. Con el cine, el actor renuncia a una imagen de “intocable”, como era un artista en el medioevo, y actúa con toda su persona; la ejecución de la obra no es unitaria, ya que se necesita una maquinaria que divide la actuación en una serie de episodios montables, aunque en la pantalla aparezca como algo unido. Y por otra parte, el actor “sale “ a la venta al
mercado como un artículo más: no sólo con su fuerza de trabajo sino con todo su cuerpo y su actuación. Esto sucede, por primera vez, en el cine.