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Un Cuento del Primer Siglo (1ª y 2ª parte)
por
:
Misel
Autor : Misel
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Cuenta la Biblia, que cuando nació el Mesías, en un lugar del campo cerca de
Belén, unos pastores se habían quedado cuidando sus ovejas durante toda la noche. De pronto el cielo se vistió de fiesta y aparecieron los ángeles de Dios cantando alabanzas al Señor.
De lo que no tenemos información es de quiénes más estaban con los pastores trabajando. Este cuento narra la historia de uno de esos seres animales tan fieles y compañeros del hombre que se hallaba en ese lugar junto con su amo. Su nombre era Coraje, y por supuesto, se trataba de un perro.
Cuando los ángeles aparecieron en el cielo alabando a Dios, el primero que los vió fue Coraje, o mejor dicho, él y todos los perros que junto con él trabajaban en ese lugar. Y las ovejas también los vieron, porque comenzaron a retozar contentas en el pasto, y aún las más adultas, empezaron a jugar como corderitos. Sólo los hombres permanecían dormidos.
Cuando despertaron, porque Coraje y sus compañeros ladraron y corrieron y gritaron hasta lograrlo, un ángel les dijo que fueran a Belén, a un establo donde se encontraba, recién nacido, el Mesías que Dios había enviado al mundo para la salvación de los hombres. Durante todo el camino, Coraje fue meditando sobre ese asunto de la salvación. Por qué sería que los hombres necesitaban un Salvador, ¿para que los salvara de qué?... Y los animales... parecía ser que no necesitaban salvación...
Todo se le aclaró cuando llegaron al establo y encontró al niño. Se acurrucó a sus pies, se los lamió (esa es la forma en que besan los perros) y se quedó dormido bien juntito a él. Después soñó... y en el sueño, vió, que al morir, todos los animales iban al cielo. Cuando despertó ya había entendido una profunda Verdad espiritual. El, como perro, no podía entender los razonamientos humanos, pero fue capaz de comprender el plan de Dios para los hombres.
Cuando, por fin lo llamó su amo para irse, no acudió sin ir primero a “besar” al niño. Y cuando volvían por el camino, meditaba: -...claro..., los hombres necesitan un Salvador porque pecaron... en cambio... nosotros, los animales, nunca hemos desobedecido a Dios. Cada uno de nosotros vive según la verdad esencial de su especie, no hemos renegado de nuestra identidad. -Y le venían estos pensamientos tan altos, aparentemente poco frecuentes en la mente de un perro. Es que Coraje había albergado una gran Verdad en su perruno corazón.
A partir de ese día, Coraje fue un perro mucho más feliz de lo que ya era, y no se olvidó nunca del maravilloso regalo que la vida le había concedido: la de dormir acurrucado al niño de Belén. Pero, por sobre todas las cosas, el regalo de haberle besado los pies al Mesías.
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Publicado el: diciembre 29, 2007
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