Desde un recóndito lugar en alguna región Colombiana con vegetación exuberante, de abundantes precipitaciones y una extraordinaria
biodiversidad; escribo a mi familia y demás, seres queridos que como yo, también sufren y se encuentran en circunstancias traumáticas inmersos en el mar de la incertidumbre, a la espera de una decisión humanitaria pacifica o de un abrupto, desenlace fatal. Me encuentro preso de un conflicto ajeno y cruel, sin límites, asido a una fuerte cadena como un reo que espera una condena y me pregunto ¿Por qué motivo?... Mi morada es un incómodo cambuche hecho de húmedos maderos, lianas y ramas secas… estoy alejado de todo, del aire fresco y hasta del sol que vuelve a brillar después de la tormenta eléctrica, por entre las rendijas de los ligados maderos de mi lúgubre prisión… Se que existo cuando escucho voces de los centinelas de turno o cuando alguien de los mismos se acerca al quicio de la puerta a patrullar o ha dejar alimento. A veces, esta inanimada situación de soledad y olvido, hace que zozobre en mi arrojo y confianza cuando pienso que cada día que paso en este absurdo cautiverio, sería el último de mi existencia. Así, he transcurrido casi un decenio desde la toma de la base a sangre y fuego por hombres armados de las FARC. Recuerdo con horror, cuando intimidados, fuimos, maltratados física y moralmente hasta la saciedad, despojados de las prendas militares, del armamento y del poco pertrecho que quedada después de la toma, y que luego, se lo repartieron entre ellos como un botín de guerra. De la orden de los jefes alzadados en armas, de encadenarnos y caminar con ellos en fila india por soto bosques y trochas por entre la enmarañada selva… Del día, cuando después de trasegar por varias semanas de día y noche, al sol y al agua, a veces sin dormir y sin comer; adormilados de cansancio; desafiando, las inclemencias del clima agreste de la selva, al embate de las
serpientes venenosas y al paso de las picaduras de los insectos ponzoñosos; llegamos por fin a un reducto clandestino. Allí otros bandos, nos recibieron e intercambiaron cual vulgar mercancía humana, separándonos. Desde ese día no se nada de mis compañeros sobrevivientes de la base... Aquí, los días son largos como el viento y a veces parecen no tener fin como los mismos pensamientos; solo cuando hay retirada por el estrepitar sorpresivo de los helipcóteros sobrevolando cerca de la zona; la voz de alarma de la tropa como eco corre por el campamento, y es cuando los captores bajo estrictas medidas de vigilancia, me reúne con los demás secuestrados para darnos instrucciones. Solo en ese momento, se que hay otras personas desconocidas en iguales circunstancias, padeciendo inhumanamente, como yo… Para no ser detectados, hemos tenido que soportar muchas peregrinaciones fugitivas, selva adentro de un lado para otro. Afortunadamente, en ese afán de fuga no ha habido enfrentamientos con las fuerzas militares del gobierno… Aún conservo la billetera que me regaló mi querida madre en un cumple años. Allí guardo como un tesoro las fotos de: mi novia con mi hijo en brazos y la de mi padre con mi madre cuando ellos eran jóvenes. También, la estampita del divino niño que un día domingo compre por los alrededores de la iglesia del 20 de julio. Siempre me acompaña a todas partes. A pesar de que aprendí ha convivir con ellos desde mi soledad, ha alimentar mi espíritu con sus recuerdos, no dejo de pensar que este infortunio solo terminaría con el calor de sus vidas efectivamente y con mi libertad… Ya no me desespera como antes el fuerte frió matutino, que me despierta y que hiela mis huesos y cansadas carnes adoloridas que produce la dureza del catre de bejucos en el que duermo cubierto con un
mosquitero… Pero, en medio de todo este ambiente profano de hostilidad, hay un trecho que me llena de alegría y me reconforta de este infierno que estoy viviendo…el trinar armónico de las aves salvajes desde sus nidos que son como himnos celestiales… y la presencia de Dios desde la manigua de la selva. Día, tras día he aprendido a comunicarme con él. Mis oraciones y plegarias son miles de mariposas de múltiples colores que se enarbolan por el espacio sideral para encontrar su magnanimidad. A veces siento como si él, estuviera muy cerca, acompañándome. Y desde mi interior, su alocución de amor, escucho, como un intermitente divino; dándome fortaleza.