El sicario es el niño asesino que nace en los cinturones de invasión que dominan las montañas de Medellín. Hace parte
de los excluidos y sus motivaciones están vinculadas a la necesidad de incorporarse en la sociedad. ¿Cómo? El narrador lo construye como un ser nacido bajo el desamparo de la miseria, en una sociedad corrompida por el dinero de la droga, sociedad que además está mediatizada por el consumismo, que no le deja, al niño de las comunas, otro punto de referencia más que la accesibilidad al dinero fácil a través de la muerte. Se inscribe así en la legitimidad y el poder que le dan las armas, en un mundo donde la vida no vale nada, es un producto mercantil.
Otra estrategia de representación del sicario, en esta novela, es dejar en relieve la victimización en la que habita el personaje. El niño sicario está encerrado en la
violencia de las comunas, Crece en medio de la orfandad y el abandono, y entre estas circunstancias crece la necesidad de venganza, de la que ni el propio narrador puede escapar, mientras reflexiona sobre la posibilidad de matar a Wilmar, el asesino de su primer amor. Además, en su reflexión cansada, enuncia los rezagos de una herencia histórica Es el sicario hijo de estos desplazados, que cambia el machete por el trabuco y que apegado a los
valores laxos de la religiosidad, queda en el camino de la muerte como ejecutor y víctima.
No es posible entender esta hecatombe sin acudir a la reiterada responsabilidad que enuncia el autor por parte del Estado y sus instituciones, en una actitud de permisividad frente a la extensión de la miseria, la violencia y la corrupción, que en la diégesis de la novela es potenciada por el narcotráfico. Vallejo sintetiza estas estrategias de representación a través de una simbología que estructura de forma aparentemente superficial en el escándalo: un homosexual que va por las calles de Medellín haciéndole justicia a sus valores burgueses, de la mano de su ángel exterminador. Este último, símbolo que reúne la visión apocalíptica desde la que el narrador construye el relato.
Pero la simbología excede los propósitos y el sicario se transforma precisamente en una sombra inocente de la muerte, el niño que mata, con certeza, a sangre fría, desligado de cualquier canal real más que el amparo y la orden del intelectual que sólo espera morir y que recibe un sutil aliento de vida en la compañía de Alexis y Wilmar, amores que finalmente les son arrebatados por la violencia.