Los perros
comparten nuestra vida familiar. Es más, ellos forman
parte de la familia al punto de poder considerarse a ese integrante de cuatro patas “un hijo de otra especie”. Tienen una inteligencia superior en comparación con otros animales. Hay veterinarios que dicen que su grado de comprensión es equivalente al de un niño de 3 años.
Es frecuente hoy en día oír que se los llama “mascotas”, siendo esta
palabra muy generalizada al hablar de ellos o de cualquier otro animal que tengamos en casa. Este uso común es
por ignorancia del verdadero concepto de esa palabra. “Mascota” viene del francés y significa amuleto, que proveniente del occitano
mascota que es
hechizo, embrujo, que a la vez viene de
masca, de origen germánico o celta que significa
bruja.
Otros, por no llamarlos “mascotas”, los llaman “animales de compañía”. Este nombre también los rebaja a un rol inferior,
un rol de subordinación a lo que el amo manda, como si fueran “comodines” que el hombre maneja a su antojo. De esta forma, los perros se ven forzados a “acomodar” su comportamiento, siendo que están dotados con una capacidad mucho mayor.
En realidad, cuando hombre y lobo se encontraron y decidieron ir a cazar juntos (recordemos que el perro desciende del lobo), llegaron a un
nivel óptimo de integración y convivencia. El perro entra en nuestra familia como un integrante más, de otra especie, con deberes y derechos que lo acreditan como tal. No es el dominio del hombre por sometimiento del más débil, porque eso es sinónimo de inseguridad y verdadera inferioridad.
El hombre debe ejercer el liderazgo, el que Dios le otorgó sobre toda la
creación, pero no por dominio sino
por amor. Liderazgo no es autoritarismo, no es someter al más débil, es comprenderlo y amarlo dándole el lugar que le corresponde
para que pueda desarrollarse sano y feliz.
Nuestro perro es un “animal familiar”, porque es un sujeto activo en las relaciones dentro del seno de la familia.
El perro interactúa con los miembros de la especie humana, siendo un integrante más que aporta, desde su naturaleza, todo lo que le es propio en pos de la relación con el resto de los integrantes.
Cuando el perro se interrelaciona con nosotros al punto, a veces de sacarnos por ejemplo de la tristeza y la depresión, no lo hace porque es un
amuleto de la buena suerte con poderes mágicos (mascota), ni tampoco porque es un
sumiso animal de compañía al que le han ordenado lo que tiene que hacer y cumple la orden al pie de la letra. El es así, quiere
disfrutar de una estrecha relación con nosotros, es feliz con nuestra alegría y espera nuestra aprobación, como símbolo de amor.
Ellos nos aman desde su especie. Por supuesto que
debemos aprender y asimilar sus códigos, porque no son seres humanos. Es aconsejable que todo aquél que decide llevar un animal a su casa, como primera medida, trate de estudiar, de conocer, de instruirse sobre esa especie. Tener un animal no es tener un juguete, no es un pasatiempo,
es una responsabilidad.
Si no nos sentimos capaces de afrontar “esa responsabilidad” es mucho mejor y más sano, sobre todo para el perro, que no lo tengamos. Hay muchas otras personas que sí están dispuestas a afrontar los dolores, las alegrías, las frustraciones, los logros y las grandes recompensas afectivas que esta relación trae consigo. Respetar su naturaleza canina también demuestra
nuestro grado de evolución como integrantes de la especie humana.