El día en que Julio César, caminó hacia el senado al encuentro pactado con su propia muerte, ni siquiera permitió que le temblaran las piernas, sus pasos además de seguros esgrimían celeridad. A pesar de que, Calpurnia, la última de sus mujeres, le pidió que no fuera, sustentándose en que había soñado con su asesinato, además de referirle que los los rumores del pueblo acerca de la sedición de la que sería víctima eran incesantes, César no se turbó. Sabía perfectamente que tendría que enfrentarse a su destino, en un encuentro que le concedería una inaceptable inmortalidad histórica. No podía, no debía evadir este compromiso, era el deber de su legendaria grandeza.
Como soldado, César fue el más grande general que ha tenido la historia. Durante los 8 años que duró la campaña de las Galias combatió a más de tres millones de enemigos y rivales. Suizos, franceses, alemanes y británicos, todos cayeron derrotados. Un millón de ellos murieron, otro millón fue tomado prisionero. Dominó 800 ciudades y 300 naciones. ¿Lo magistral? La fuerza contingente de Roma, sus soldados, nunca superaron los 50 mil hombres. César fue, no sólo estratega y combatiente, además entre sus ponderaciones figura la de ser el más grande escritor de la lengua latina, gran jurista y apasionado en la ciencia de la astronomía. No se olvide que el calendario actual de 12 meses y 365 días, fue creación y obra de él.
Fue, también, pecisamente en los idus de Marzo (los idus correspondían al 15 y eran los días de buenos augurios), que César decidió enfrentar de manera directa el problema acaecido en el senado y evitando angustias y tensiones, decidió confrontar la posibilidad de una solución. Su pensamiento se centraba en la forma de convencer a los senadores, de que no tenía intenciones de entronizarse como rey, tal como ellos lo sugerían. Sabía perfectamente que la situación ficticiamente creada, soliviantaba las curules de los senadores para justificar su muerte. Aun así, con la tranquilidad que le conferían sus 57 años, emprendió este rumbo y decidió enfrentarlos directamente.
Mientras caminaba al Senado, un quiromante, o leedor de la suerte, desde la acera opuesta le gritó, "César, cuídate de los idus de marzo", a lo que el emperador le contestó, ya estamos en ellos. El agorero replicó insistiendo, "Si, pero aún no han pasado". César no se inmuto. Continuó impertérrito, al igual que al pasar el río Rubicón, límite de territori máximo que le habían autorizado invadir, los dados ya estaban lanzados. Su suerte ya estaba echada.
Bruto, su hijo adoptivo, fue el primero en propinarle una estocada, le siguieron 23 puñaladas, solo una le mató. Aquella que, como todas las traiciones, le ingresara por la espalda. Las palabras de Bruto al senado resumen los supuestos motivos de su muerte. "Porque César me apreciaba, le lloro; porque fue afortunado, le celebro; como valiente, le honro; pero por ambicioso, le maté"
El miedo, es el peor dictador o director de nuestras acciones. Actuar con miedo es actuar a partir de elementos ajenos al raciocinio o racionalidad. La angustia, al igual que el miedo, son estados penosos que se presentan como reacción ante supuestos, ante situaciones que entendemos ocurrirán o sucederán, pero que aún no han sucedido. Casi siempre, a estos sucesos no acontecidos les anteponemos perspectivas o resultados negativos. Pueden presentarse bajo la forma de preocupaciones o angustias ante lo que sucederá en el futuro o también como perturbadores de un pasado injuriante.
Las preocupaciones, son innecesarias por que lo que va a suceder, sucederá al margen de ellas mismas. Cargarse de preocupaciones, distrae nuestra capacidad para solucionar la problemática presentada, nos enreda en un nudo de negativismos que impide resolver un problema muchas veces simple. Lo propio sucede con los tormentos con eventos del pasado, repetirlos no llevará a solucionarlos, estos ya no existen, solo figuran en nuestro triste recuerdo.
Los miedos, al igual que las iras, enojos, angustias o cualquiera variante del estado de ánimo, limitan, paralizan, recortan e impiden la expresión pura del elemento crucial que nos distingue como raza superior de la naturaleza: la inteligencia. Daniel Goleman, al estudiar los beneficios de la inteligencia emocional, uno de cuyos pilares es el autocontrol, estableció la importancia de esta, en el manejo de los seres humanos. Sentenció que para manejarnos con sobriedad en un mundo de convivencia requerimos contar con un elevado control sobre estas nefastas emociones a las que llamó, emociones negativas. Controlarlas a partir de contraponerles pensamientos o creencias positivas, lógica, racionalidad y realismo, nos lleva a vencerlas. Es comprobado que quienes apliquen a la adversidad de un suceso, una creencia o pensamiento negativo llegarán a la angustia incapacitante o al pánico paralizador, en tanto que si se contraponen a estos pensamientos negativos, creencias racionales, realistas, nada de esto sucederá.
Apreciemos en el valor de Cayo Julio César, la valentía de alguien a quien le pudieron haber surgido pensamientos destructivos de muerte, pero que, entendiendo que las trascendencia de su vida los superaba, los enfrentó caminando con paso seguro ganado, por el contrario, la inmortalidad.