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LA HABANA PRIMERA NARIZ

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Resumen por : Yashodhara
Visitas : 103  palabras: 900   Publicado el: noviembre 13, 2007
La Habana, primera nariz                                                                                    
  

Llego al aeropuerto de Cancún a las 2 de la tarde con un boleto para salir a La Habana a las 3:45, por Cubana.   Parece, dije. La verdad, no hay nada aquí apegado a lo habitual. Los cubanos son lo máximo, ya lo dijo “El médico de la salsa”. Los que están en la sala de espera lucen espectaculares: ellos con zapatos y botas de pico pronunciado, y las mujeres con esos escotes descomunales enmarcados en pedrería falsa y demás fantasías. Una de estas mujeres llegó con su marido a la Puerta B15, 10 minutos antes de la hora de despegar explicando lo siguiente: —Documenté hace 3 horas, pero como ya sé que el vuelo siempre se atrasa, me fui a mi casa, pues tú sabes que cuando se hace el equipaje todo va quedando de cabeza, así que yo por eso me fui a arreglarlo todo; así ya dejo listo para cuando vuelva… Su atuendo es impecable: ropa negra de licra y tacones blanco y negro. Un brillante corazón de oro a la altura de los senos y el pelo, negro intenso, recogido. El marido la abraza por la espalda descansando la mano a la altura de las nalgas pero sin hacer presión, simplemente colocadita en sus anchas caderas… Nadie anuncia que el vuelo saldrá con retraso… Así es, y punto. Un autobús se estaciona en la Puerta de embarque y nos transporta hasta la escalerilla del avión, estacionado a unos 200 metros de la puerta B15. La tripulación da la bienvenida… no sé ni cuántos azafatas y aeromozos nos atienden. No pude contarlos porque caí dormida al instante y desperté, deseosa de ir al baño, cuando estábamos a punto de aterrizar. Rápidamente me puse de pie, y un joven vestido de azul salió a mi encuentro. —¿Vas a la oficina, mi amor? Descifré rápidamente su lenguaje codificado, y respondí que sí. Me indicó el fondo del avión, a mi derecha. El baño olía peor que el de la Terminal camionera. ¡Guácatelas! Salí, y mejor me senté en la última fila para gozar el aterrizaje… Los pasajeros —cubanos— que iban en esta parte del avión no dejaron de bromear con el olor, diciendo que de haber sabido se iban en primera clase… que para la próxima... Llegando, el esperado recibimiento burocrático. Traía copia de mi visa impresa y se supone que aquí tendrían la original, y sí, la tenían, efectivamente, sólo que en una oficina aparte, no en el módulo de Migración al que me dirigí. —Espere ahí. Eso significaba hacerme a un lado. Y ahí, paradita, presenciar el desembarco y la sellada de pasaportes de un grupo de franceses vestidos con ropa oscura, casi invernales. Vino hacia mí un agente llamado secretamente por la chica que me atendió y éste me preguntó mi nombre. —Todavía no tenemos su visa. Va a tener que esperar. Me dijo. —¿Cuánto tiempo? —El tiempo prudencial. Unos minutos nada más, pudo haber dicho… Nada, chica, déjame ver… Tantas respuestas posibles y, sin embargo, prefirió la parquedad, quizá previniendo que yo, mexicanita, fuera a abrir el pico reclamando algo. Cuando vi de nuevo a este hombre traía unos papeles en la mano. Ahí estaba mi visa y la de unos cuantos turistas más. Eran  las 6 de la tarde hora cubana; las 5, hora de México, y la ciudad estaba ya casi a oscuras. Me llegó de golpe el olor del combustible de los automóviles mezclado con insecticida y quién sabe qué tantas cosas más, y aunque no comenté nada de esto con la gente que había ido por mí y ahora me transportaba en su carro, me dio la impresión de que encontraría a Cuba mucho más viva que en otras ocasiones, y así ha sido. Nada tiene que ver la Cuba de hoy con la del año 91, —época en que se vivía a duras penas el Período Especial—  de mi primer viaje a La Habana, o con la estancia de hace cuatro años, cuando empezaba a circular el CUC, moneda oficial y que representa la soberanía monetaria, aunque a la par siga circulando el peso cubano, cuyo valor en el mercado callejero es de 25 por uno.
Lo bueno es que hoy, con una u otra moneda, se puede preveer que no volverá a escacear la gasolina. Por aquí circulan tanto los motores viejos de los autos clásicos como cualquier marca conocida del mundo capitalista, y con propietarios cubanos. Lo que significa, independientemente del origen del capital, que en La Habana se respira un aire nuevo, manifiesto a la vista en la moda. Basta decir que mucha gente usa mezclilla y ya no se ven tantos pelos rubios compitiendo por atraer la mirada de los turistas. Cierto, quizá los cubanos no usan tanto champú como quisieran, sin embargo, el champú dejó de ser el producto de máximo lujo que fue en otra época... En fin. Espero no quedarme con la pura apariencia. Sé, eso sí, que en términos de degustación vinícola, esta es la primera nariz de una opulenta copa.

Eugenia Montalván Colón


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