Muchos siglos pasaron desde que se produjo el
primer encuentro entre el hombre y el lobo. Ambos vivían
en grupos o en manadas. Tuvieron afinidad y comenzaron a cazar juntos y poco a poco a
comprenderse y a convivir. Ese fue el largo proceso por el que paso el lobo de entonces hasta llegar a
convertirse en perro, domesticado y viviendo en armonía con el hombre. La
palabra perro tiene origen incierto. Se cree que puede haberse formado
a partir del sonido prrr con que antiguamente los pastores llamaban a los canes que trabajaban moviendo el ganado. La palabra
can viene del latín canis. En el idioma español se utiliza la palabra perro y muy raramente la palabra can. En los últimos años se está usando
la palabra mascota como traducción de la palabra inglesa
pet, cuando en realidad, si
vamos al diccionario,
pet significa
mimado, favorito, amorcito. Y la palabra
mascota viene del francés
mascotte que quiere decir
amuleto, proveniente del occitano
mascota que es
hechizo, embrujo, que a su vez deriva de
masca, palabra de origen germánico o celta que significa
bruja. Cuando yo le digo
en inglés a mi perro o perra
my pet, estoy diciéndole algo así como
mi amorcito. Cuando, refiriéndome a él o ella, digo
en español mi mascota, estoy bajándolo al nivel de
amuleto. Y además, estoy declarándolo producto de un
hechizo. Los perros, como todos
los animales que se suman a la familia,
son un regalo de Dios y no el resultado de ningún espantoso embrujo. Es hora de llamar a las cosas (y a los animales) por su nombre: el perro es perro, y punto.