En América Latina, mientras un sector de la izquierda se embarcaba en la lucha
armada, otro se decidía por la
estrategia
del “Frente Popular” a la francesa. El
experimento resultó exitoso en Chile en 1970, pero ni bien tocó los intereses
económicos de la burguesía nacional y las multinacionales, fue borrado
rápidamente del mapa. Pasada la etapa de las dictaduras, la izquierda del Cono
Sur insistió con la estrategia de los “Frentes Populares”, pero esta vez los
hizo policlasistas. Es así que llegaron al gobierno la “Alianza” en Argentina,
el “Partido de los Trabajadores” en Brasil, y el “Frente Amplio” en Uruguay.
Pero será precisamente esa misma alianza de clases que les permitió llegar al
gobierno, la que les impedirá luego efectuar las transformaciones estructurales
necesarias para comenzar a
construir el
socialismo. Es más, para llegar al
gobierno debieron renunciar previamente al socialismo de una u otra manera. Mas
claro todavía: para poder gobernar, la izquierda hubo de dejar de ser izquierda.
Hay un hecho sintomático que se repite cada vez que asume un gobierno
autodenominado izquierdista: el peregrinaje a Washington D.C. En el libro de
Sartre, la primera visita que reciben los presidentes revolucionarios es la del
embajador y el empresario petrolero. En los albores del siglo XXI los que se
trasladan son los mandatarios electos: todos y cada uno han viajado enseguida al
norte como pidiendo permiso. Y todos y cada uno han recibido la bendición del
Gran Señor de la Casa Blanca.
Claro que todo esto es discutible, y es una suerte que así pueda ser, pero es
una pena que así no se haga. La pregunta que –pese a todo- está sobre la mesa es
si se puede construir el socialismo administrando el capitalismo. Viendo y
considerando lo que sucedió ayer y sucede hoy en la región, a mi me parece que
no. Pero ¡vamos! que resultaría muy interesante discutirlo, porque –a diferencia
de Sartre- aquí y ahora todavía hay quienes pensamos que el socialismo aún es
posible.