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Síntesis y críticas breves

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Shvoong Principal>Arte Y Humanidades>REFLEXIONES SOBRE LA IZQUIERDA Y EL PODER - 1ra parte

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REFLEXIONES SOBRE LA IZQUIERDA Y EL PODER - 1ra parte

por : Anguila    

Autor : Andrés Capelán
Jean Paul Sartre no pone nombre al
pequeño país en el que ubica la acción de “El Engranaje” (“Les Mains Sales”) un
libreto
cinematográfico que le hicieron escribir sus desencantos en 1946. La
película nunca fue filmada, tal vez porque no era funcional a ningún sistema. En
efecto, uno de los problemas de “Las Manos Sucias” es, no ya su descreimiento en
el cambio, sino su total falta de esperanza; un lujo que Sartre se podía
permitir en 1946 y en Francia.
Obviamente que la obra de Sartre va mucho más allá de su anécdota, y llama a la
reflexión en muchos niveles. El Engranaje es una historia de luchas obreras y
revoluciones, pero también (precisamente) es una reflexión sobre el amor, el
odio, el sufrimiento y la incomprensión. De poder y violencia habla también
Sartre. De probidad y corrupción, de dignidad y obsecuencia (por eso la llamó
“Las Manos Sucias”).
En el empobrecido país de las manos sucias, la principal industria es la del
petróleo y el gobierno está en manos de un Regente que es un empleado más de Mr.
Schoelcher, el dueño de la petrolera extranjera que rapiña la riqueza del país y
explota cruelmente a sus obreros. De todas maneras, luego de años de luchas y
represiones, el partido que forman los trabajadores logra derrocar al Regente e
instaurar un gobierno revolucionario.
Al frente de ese gobierno se ubica al líder carismático de ese partido, Jean
Agueda, quien deberá poner en práctica las dos primeras medidas ordenadas por la
revolución: la nacionalización del petróleo y la convocatoria a una Asamblea
Constituyente. Sin embargo, los años van pasando y en lugar de nacionalizar el
petróleo y llamar a nuevas elecciones, Agueda se va convirtiendo poco a poco en
un dictador despiadado que sigue favoreciendo los intereses extranjeros. El
lector entra al libro en el momento en que Jean Agueda es derrocado por sus
viejos compañeros de lucha, y la acción transcurre en el tribunal donde se le
juzga por su traición.
A lo largo de ese juicio que termina con su condena a muerte, las declaraciones
de los testigos, planteadas a manera de flashbacks, van haciendo surgir poco a
poco la terrible verdad: no hubieron cambios porque la estructura no permite
cambios. El lector se entera de que cuando aún no habían terminado de sonar los
últimos disparos de la revolución que lo llevó al poder, la primera visita que
recibe Agueda es la del dueño de la petrolera y el embajador de su país (una
poderosa nación vecina). Ambos le halagan al comunicarle que ese país reconoce
su gobierno, pero le advierten que cualquier intento de nacionalizar el petróleo
producirá una inmediata invasión militar.
Con la esperanza transformada en desesperación, comienza entonces su gobierno,
Jean Agueda. El temor a la invasión hará que poco a poco, vaya cediendo cada vez
más ante las presiones de la “poderosa nación vecina” y el empresario petrolero,
cayendo en el alcoholismo, transformándose en dictador, y volviéndose en contra
del pueblo que le llevó al poder. Cinco años después, ese mismo pueblo se
rebelará en su contra y lo sustituirá por François, un viejo compañero de lucha
dispuesto a cumplir las promesas traicionadas por su antecesor.
Al enterarse de la designación, Agueda comenta amargamente: "¡Infelices! ¡Creen
hacer un cambio de política y lo único que harán será cambiar un hombre por
otro!" Y dirigiéndose a François augura: “Tú continuarás mi política. La
continuarás porque no es posible otra. No pienses que quiero justificarla. No,
tú mismo serás quien la justifique, dentro de tres meses, dentro de seis
meses..." El libro se cierra con la siguiente escena:
“El embajador está ante François. Habla cortésmente, pero apenas vela la amenaza
que contienen sus palabras. François escucha con aire colérico.
- Mi gobierno no desea otra cosa que mantener relaciones de amistad con el
vuestro –dice el embajador-. Sin embargo estoy encargado de prevenirle, que si
se nacionaliza el petróleo y se despoja a nuestros connacionales, esto será
considerado como un casus belli.
- Su gobierno no tiene por qué mezclarse en nuestros asuntos internos –replica
François.
- Como le parezca. Excelencia. Sólo le debo recordar que su país es pequeño y el
nuestro poderoso.
Un silencio. El embajador insiste cortésmente:
- Mi Gobierno espera una respuesta categórica.
- No se tocará el asunto del petróleo –promete François.
El embajador se inclina con una sonrisa irónica:
- No se esperaba otra cosa de vuestro buen criterio, Excelencia.
Y se retira. Desde la puerta el ayuda de cámara dice a François:
- La delegación de los obreros del petróleo espera, Excelencia.
- Un momento –dice François-. Sírveme un vaso de whisky.
El ayuda de cámara se lo sirve en silencio. François lo bebe y deposita el vaso
sobre la mesa. Después, haciendo una señal al ayuda de cámara, le dice con aire
sombrío:
- Que pasen.”
El fatalismo extremo de Sartre es hijo de su tiempo y su realidad, sin embargo,
el mundo está lleno de revoluciones traicionadas, empezando por la Francesa de
1789 (por poner un ejemplo conocido por todos y discutido por nadie). Fue
precisamente en esa Asamblea Nacional de 1789 que surgieron los términos
“izquierda” y “derecha”.
Durante casi dos siglos, esas definiciones resultaron adecuadas para categorizar
a unos y otros partidos y organizaciones en cualquier lugar del mundo. Pero a
medida que (al contrario de lo augurado por Carlos Marx) el capitalismo fue
superando crisis tras crisis (consolidándose y afianzándose cada vez más en el
proceso) los límites entre una y otra categorización comenzaron a hacerse cada
vez más difusos...
Publicado el: octubre 25, 2007
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