La conversión consiste en que el amor supere progresivamente al egoísmo en nuestra vida, lo cual es
un trabajo constante y siempre inacabado. Diariamente debemos superarnos un poco más, para dejar de lado el egoísmo que tanto daño hace, para convertirlo en amor hacia los demás, y sabido es que el amor verdadero se basa en dar, sin recibir más recompensa, que el saber que se ha dado lo mejor de uno en pos del otro y de los otros. Talvez leyendo ésta sinopsis, algunos piensen, que estamos en Argentina “año verde”, o sea que el fruto todavía no está maduro, pero no intentarlo sería solo una excusa. Para cambiar el egoísmo en amor, es necesario proponérselo y tener conciencia plena de la conversión. Quizá les parezca una utopía la proposición, más debo confesar, por experiencia personal, “ que no hay peor trámite que aquel que no se realiza”; en todo caso tenemos el no, pues vayamos por el sí. Para los que creemos en Dios está dentro de nuestra doctrina, para los no creyentes, se encuadra dentro de la escala de valores. Se siente bien un ser humano cuando se desprende de su egoísmo, porque vivimos en una sociedad de personas y todas apuntamos al mismo objetivo: vivir en paz en busca del progreso material y
espiritual. El “sálvese quien pueda” es una falta de solidaridad y por consiguiente puro egoísmo y ello no conduce a nada bueno, todo lo contrario es una actitud maligna
. Ayudar al prójimo es la premisa, colaborar con los demás es el camino, si tomamos ese sendero, seguramente nos traerá beneficios, sobre todo en la parte espiritual y nos sentiremos dignos integrantes de una sociedad más justa y desinteresada. Se debe probar entonces en convertir de a poco, el egoísmo en amor al prójimo.