Papá llévame al mar; Papá llévame al mar. Eso escuche
decirle a su padre, a una
pequeña niña de no más de cuatro años.
El padre
fastidioso por la insistencia de su hija, en vez de contenerla con alguna
explicación coherente de acuerdo a la sicología infantil, no tuve mejor idea que pegarle una cachetada en el
rostro, como es obvio la niña se echó a llorar. Esto ocurría hace unos años
atrás en las costas de Mar del Plata y la gente que estaba allí presenciando la
lamentable escena, le recriminó su actitud al padre de la nena. Esa noche se me
ocurrió un dialogo imaginario entre el padre y la hija y comenzaba hablando la
nena: “Papa llévame al mar, Papá llévame al mar”, él padre le contestaba –“ Aún
eres muy
pequeña no debes ira al mar, pues frente a esas olas nada podrás
hacer” ; sin
embargo la niña le daba sus explicaciones: “Anoche tuve un sueño y un hada me indicó que junto con mis padres al mar iría yo”, el
padre le contestaba: “ Pero entiende mi pequeña que al mar no puedes ir, es eso
peligrosos para tú corta edad”, sin embargo la niña insistió: “Pero el hada me
contaba que los caballitos de mar, trotan, trotan y trotan y lo hacen sin
parar”, el padre le contestó: “ Comprende mi pequeña que su casa está en el mar
y a ellos no hay peligros que los puedan acechar”. La niña escuchó a su padre
con atención, se acomodó en su camita y se durmió; talvez volvería a soñar que
volvería a ir al mar. Antes que pegarle a un niño, uno debe conocer sus
sueños y hacerles comprender la diferencia que existe entre el sueño y la
realidad. Esa es la función de los padres.