Ese viejo refrán popular, sirve para evitar
complicaciones mayores en nuestras vidas; en otras palabras,
no se debe tensar
la cuerda hasta que se corte y ésta metáfora se entiende, como que no se
debe discutir hasta romper relaciones, ya sean familiares, comerciales o
institucionales. Hay formas y formas de arreglar un conflicto, pero la mejor de
ellas es la
diplomacia. Un buen diplomático está abierto a escuchar todas las
alternativas posibles para evitar un
enfrentamiento destructivo. La
confrontación de ideas es muy bueno, siempre y cuando no prevalezca la agresión
disolvente. A los problemas hay que achicarlos a su mínima expresión y
eso se logra con el arte de la diplomacia. Un buen diplomático nunca dice que
no; esa palabra no existe en su vocabulario, el “quizá”, “talvez” o “ podemos
lograrlo” , impera en la estrategia de cualquier persona que por medio de la
diplomacia tiene buena voluntad de arreglar el problema en cuestión; caso
contrario viene el enfrentamiento “ y la sangre llega al río”. Hemos visto a lo
largo de la historia de la humanidad, que cuando se terminó la diplomacia
comienza la guerra, con todo lo negativo que ello significa. La diplomacia
construye, la guerra destruye. Lo único que se debe respetar el trato final
hecho diplomáticamente, si cualquiera de las partes lo viola, inevitablemente
vendrán las desavenencias nuevamente y no habrá más lugar de recomponerlo
pacíficamente, por eso se debe evitar por todos los medios evitar que se corte
la soga, la soga una vez cortada, ya no tiene la misma consistencia, porque
cuando se le haga un nudo para unirlas, cualquiera lo puede desatar. Tenemos
entonces que el arte de solucionar los conflictos es el respeto y la prudencia
en las negociaciones. No alterarse, ni levantar la voz, porque ello no conduce
sino al enfrentamiento, entonces quedará un ganador y un perdedor. Ser
diplomático nos da lugar a que ambos salgan ganando do por lo menos empatando.
Eso creo por la historia y la experiencia vivida.