La juventud no es eterna y es necesario recordarle a los jóvenes que no deben maltratar
su cuerpo, porque esa factura, con seguridad, se pagará en la vejez. En el tejido social de la humanidad, tal y como está, es
necesario que existan niños, jóvenes y
ancianos, porque todos se complementan, si se quiere, armoniosamente. La función de un abuelo es irreemplazable; una familia sin abuelos, es como una construcción sin vigas ni cimientos, ellos de una manera u otra le dan sentido a las reuniones familiares y si son respetados su presencia toma más vuelo aún; porque los abuelos no son como esos trastos viejos que uno coloca en algún rincón olvidado del hogar para que no estorben. “
Respeten a los ancianos / el molestarlo no es hazaña / si andan entre gente extraña / deben ser muy precavidos / pues por igual es tenido / quien con malos se acompaña”. De la percepción y sabiduría de José Hernández, salieron éstas poesías y es justamente de la boca el viejo donde salen las verdades. Todo aquel que ha llegado a la vejez física, debe fortalecer fuertemente su espíritu, porque cada uno es tan viejo como quiere serlo. Nadie puede evitar el paso implacable de los años, pero llevando una vida sin sobresaltos, cualquiera sabe que, si Dios le da vida, deberá transitar por la vejez, con nietos propios u ajenos, pero los niños necesitan el calor y la comprensión permanente de los abuelos
. Todos los que hemos sido padres sabemos que educar a los niños y luego a los adolescentes, no es nada fácil y mucha veces se debe poner límites, pero los abuelos son comprensivos y ellos no le ponen trabas a sus nietos; para eso están los padres, no los abuelos,
que deben ser escuchados con atención.