Aproximarnos sin premura al milagro de la palabra, como cuando niños, sin precisión alguna, tomábamos las sílabas más sonoras
que caían como pétalos de los labios más amados, más cercanos y tomados de la mano sabia con ingenua curiosidad, repetir estas sílabas sonreídos y expectantes. Luego, nos acercamos a la palabra escrita a tráves de nuestros primeros
cuentos, de seguro, oídos, relatados por esa misma voz cercana y amada de las silbantes sílabas, acercando nuestra brillante mirada a la mágica ventana abierta en las bondadosas manos que nos guíaban también al caminar. Abrir desmesuradamente los ojos de par en par con la alucinada sensación de otra vida y otro mundo cercado entre los dedos amorosos.
Cuando podemos asirnos con ojos propios a estos viajes maravillosos, quizás estemos vislumbrando todo lo desconocido nuestro, todo lo imaginado de otro, buscando lo imaginado propio; ese viaje y ese mundo otro, que habita en nosotros al escucharnos y mirarnos, calladitos, explorándonos. Vamos encontrando más y menos, por igual; tomamos distancia de los truhanes y partido por las princesas y caballeros; desde allí nos acompañan El Cocuyo y La Mora, Tío Tigre y Tío Conejo; Alicia, el Conejo y su reloj; La Bella y La Bestia y todo un universo de hadas, mariposas y enanos en carruseles, que giran abriendo puertas insondables y nos llevan a tomar elixires de belleza, encantamientos y sueños profundos que simulan la muerte hasta que un beso maravilloso nos despierte y traiga de vuelta, aquí, a las amadas manos, conocidas pero rutinarias.
Adentrarnos en la danza perfecta de las letras y las
palabras con los espacios y los signos de puntuación, confeccionando armoniosamente la sinfonía vital de un mundo donde, quizás, y sólo quizás, nos reconozcamos blandiendo una espada, la frase perfecta o el beso mágico que rompe los hechizos de malvados y siniestros en planes inconfesables.
Y, finalmente la enredadera de las letras nos va cubriendo con su manto poderoso, alzándonos en suave vaivén hacia los destinos homéricos de iliadas y odiseas, en épicos enlaces con El Ariel de Rodó y Las Vocales infinitas de Rimbaud.