Los creyentes solo nos pondremos de rodilla ante Dios; lo no-creyentes, pueden ser jenuflexos
ante la verdad y la justicia, nada más, no habrá ningún grupo de poder, llamese como s e llame, político o no-político que nos someta a sus designios, muchas veces oscuros e impresentables. La dignidad del ser humano hay que defenderlas con actitudes que se ajusten a ellas. El poder del dinero no los hace mejores, podrán acceder a una mayor adquisición de bienes, que solo será superfluo y efímero.
No debe un hombre o mujer, humillarse por acomodar su status quo, cuando ha dejado atrás la ética.
Nadie debe ser usado como si fuera una objeto de mercado, porque somos sujetos de la raza humana. Millares de organizaciones de los
derechos humanos, a lo largo y ancho de éste mundo luchan denodadamente por lograr implantar una cultura humanista. Ha mejorado la situación, si nos remontamos a tan solo 100 años atrás, pero falta muchísimo todavía. Cada uno de nosotros tiene derechos y obligaciones, que debemos reclamar lo primero y cumplir lo segundo; sino la ecuación no cierra. El ser humano es único e irrepetible, por esa razón pensamos distintos unos de otros, solo respetando las normas de convivencia lograremos ponernos de acuerdo y marchar hacia el futuro en busca de lo positivo. La Madre Teresa de Calcuta sostenía:
“ Nuestro aporte es como una gota de agua dulce en el inmenso mar; pero el mar sería más pequeño sin esa gota”.
Todos somos importantes en éste universo de cosas, por eso el poder del dinero no debe someter a nadie; solo es sometido el que acepta sus oprobiosas reglas de juego, es decir: “Tanto tienes, tanto vales”. Si tiene que venir el dinero, debe venir en buena ley, sino que se quede en sucias arcas.